viernes, 24 de abril de 2015

Amor entre dos fuegos



              

Matías Matterson.

  
Él, parado junto al borde de la cama, contempla absorto y ufano; tenía por fin, a la mujer de sus sueños como quería y en el lugar exacto. La sensual rubia yacía semidesnuda acostada de bruces en la cama de dos plazas, apoyaba los codos en el cubrecama color uva; bajo sus pechos desnudos había colocado la almohada y abstraída aspiraba un porro.
Él recorría el metro setenta y cinco de aquel cuerpo increíblemente bello con la mirada; comenzando por esos pies perfectos. Ella cruzaba las estilizadas piernas y la diminuta bombacha de rayitas horizontales rojas y blancas parecía querer explotar, expulsada por aquellos glúteos voluptuosos que emergían obscenamente al final de la angelical espalada. Sus largos cabellos, rubios y brillantes bañaban de misterio los senos blancos erguidos y pétreos que habían abandonado ese corpiño que ahora descansaba en la alfombra. Era la modelo que solía ver en la disco, que moviendo cadenciosamente las caderas en la pista de baile excitaba absolutamente a toda la concurrencia masculina. El aroma a “Pachuli”, como siempre, se enamoraba del humo dulce de la marihuana al son de la música de “Pink Floyd” en “El lado oscuro de la luna”, la tríada mágica.
Él arrastraba una década de inocuos amores platónicos encadenados por su innata timidez; en la escuela primaria había sido Silvia, Nora en la secundaria y ahora ésta engarzaba los eslabones de la blonda obsesión.
De  pronto… un flash, en un eclipse súbito la escena fue perversamente borrada por una negra oscuridad acompañada de un fastidioso sonido; entre ambos habían esfumado a la joven rubia envuelta en la tríada mágica. Perturbado abrió los ojos y ellos enfocaron la lámpara que iluminaba la pieza desde el techo; giró, su cuerpo desnudo y estirando el brazo derecho levantó el tubo del teléfono negro.
- ¿Quién habla? -Interrogó con inocultable enojo.
­- De la conserjería señor, usted dejó dicho que lo despierten a las veintiuna treinta –aclaró la joven empleada del hotel “Atlántico”. Los labios del hombre escupieron un lacónico  y mentiroso: -Gracias.
Colgó el tubo, se sentó en el borde de la cama de una plaza inclinó la cabeza en dirección a las rodillas y acarició sus cabellos lacios con los dedos, luego se rascó la barba y lentamente se puso en pie. Musitando un rosario de insultos se dirigió muy lentamente al baño para ducharse. Salió con el suave toallón del hotel sobre su espalda y parado acercó su cara al espejo. Convencido de su atractivo para las mujeres pero no tan conforme, envidiaba a algunos que en la ciudad lo eran más que él.
Se colocó las zapatillas y el vaquero “bombilla”, a la moda, luego la camisola de bambula abierta en el pecho adornado con múltiples cadenitas de plata. Empuñó el Colt Cobra 38 largo y lo apretó con el cinturón de cuero a la derecha de su cadera. Se colgó la sobaquera marrón y en ella introdujo la pistola 45, también Colt, con siete proyectiles en el cargador y uno en la recámara, con el martillo en primer descanso. Se puso la campera de lona, levantó la parte de atrás del cuello y después bajó las puntas, alzó la granada SFM 4 que había dejado sobre la mesita de luz y la colocó dentro del bolso de cuero que había comprado en Ipanema. Colgó el bolso de su hombro derecho y cerró con llave la puerta de la habitación. Cuidadosamente tomó un cabello suyo y lo adhirió con plasticola desde el borde de la puerta placa hasta el marco, bien arriba; si a su regreso lo encontraba cortado era señal que alguien había ingresado furtivamente en la pieza. Bajó las escaleras de madera gastada y en la recepción entregó las llaves a la señorita que atendía  a los huéspedes detrás de un vetusto y pequeño mostrador, iluminada por una luz sepia. Caminó hasta el kiosco de la esquina y compró un paquete de parisiennes que no eran de su  completo agrado, eran muy fuertes, pero lo obligaban a fumar menos; también pidió goma de mascar bazooka, de menta. Recorrió las cuadras que separaban al hotel en que se alojaba de la oficina; vivía allí por razones de seguridad y discusiones permanentes con sus padres. Pronto se encontró frente al edificio de la avenida Rivadavia, se detuvo un instante ante la puerta blindada y observó a sus espaldas, nadie miraba; presionó el timbre y esperó, se abrió una mirilla y aparecieron dos ojos, se cerró y pesadamente la puerta se entornó.
-         Buenas noches –dijo el joven veinteañero de cabellos rubios y barba más oscura.
-         ¡Buenas noches señor! –respondió en tono castrense el Sargento Pini, un hombre de cincuenta años, bigotes finos y aspecto rústico.
Al llegar a la oficina de guardia, otro hombre, pequeñito, sentado en una silla al costado de un escritorio metálico se puso rápidamente en pié y con voz alta y fina saludó:
         -Buenas noches Oficial
         -Hola Spitzer –dijo el que todos llamaban por su nombre de guerra: Pablo.
         -¿Qué novedades hay Pini?
         -Todo QRU señor, no pasa nada, respondió el campechano Suboficial.
         -Traeme el libro de guardia para firmarlo, ¡ah! el parte diario también.
Firmó el pesado cuaderno forrado en tela verde y se sentó a leer detenidamente el informe en el que la inteligencia detallaba las novedades que se habían producido durante ese día en todo el área de su jurisdicción: paros, asambleas gremiales, manifestaciones, conflictos sociales y universitarios, producción, desempleo, actos de terrorismo, economía y política.
Terminó de leer las cinco páginas escritas en papel de seda, se levantó de la silla y entregando el parte al Sargento Pini dijo:
         -Dame el Walkie Talkie, ¿está bien cargado?
         -Sí señor – respondió Pini.
Observó el armario, en él descansaban apoyadas las armas largas, un FAL, una High Standard, dos Itakas, una Beretta de caballería, dos P.A3 y cuatro  Batán recortadas, asió una de estas e impartió las órdenes:
         -Ustedes dos a dormir, pero al lado del teléfono, cualquier novedad me llaman por radio, me llevo el Peugeot, voy al centro y regreso para entregar la guardia.
-Comprendido señor – dijeron los Suboficiales al unísono.
Pablo puso en marcha el Peugeot 504 color blanco y se dirigió rumbo a la casa de su primo hermano “Bochi” para juntos dirigirse a la confitería bailable La Belle Epoque, allí eran habitúes. El lugar era un sótano bellamente arreglado en la ochava noroeste de la plaza central, entraron, saludaron al barman y se sentaron en los confortables sillones del lugar; pidieron dos whiskies en las rocas. Era muy temprano, las chicas arribaban cerca de la media noche.
La concurrencia era escasa y la charla trivial cuando un hombre que aparentaba unos treinta y cinco años se acercó y mirando a Pablo le dijo:
         -Hola, ¿puedo hablar con vos?
Entonces Bochi, que conocía perfectamente las actividades de su primo levantándose del sillón espetó:
-Voy a la barra.
Pablo invitó al recién llegado, de apariencia policial, a sentarse al sillón que desocupara Bochi. Ambos pertenecían a un grupo policial clandestino autodenominado “Oficialidad Joven”, se oponían a que la policía estuviera intervenida por el Ejército Argentino. Reclamaban que el Jefe de la Policía sea un Comisario General y no un militar, como ocurría desde Marzo de 1976. Exigían aumentos salariales, que las sanciones no se impusieran con privación de la libertad, la construcción de barrios policiales, armamento actualizado y provisión de municiones. Secretamente perseguían un objetivo de máxima: la autonomía policial con la unión de todas las policías provinciales para constituir la cuarta fuerza armada en pie de igualdad con la fuerza aérea, la marina y el ejército. Esta era una idea muy peligrosa en tiempos de gobiernos militares y  en medio de la feroz guerra que los terroristas habían desatado. Aún siendo policías, organizar esta especie de sindicato significaba rebelarse contra el poder de los milicos, arriesgaban su libertad y tal vez su vida; peleaban por un espacio de poder.
         -Mirá Pablo, tenemos que viajar a convencer a los Santiagueños personalmente, por teléfono es muy riesgoso, podrían estar pinchados. Queremos que nos acompañes para que hagas una exposición de la situación política y de su probable evolución a los muchachos de Santiago.
         -Entiendo, cuenten conmigo ¿cuándo sería la cosa?
         -Te aviso un día antes, vamos en mi auto particular, ahora me voy, es mejor que no nos vean juntos, nos vemos Pablo, chau querido.
Cuando el hombre se encaminó hacia la entrada del boliche Pablo observó hacia la barra buscando a Bochi, éste conversaba animadamente con un grupo de chicas y muchachos. Disfrutaban las simpáticas incoherencias del bromista Tico, un morocho caretón, gordito y feo que, a pesar de su aspecto poseía el don de intimar rápidamente con las mujeres.
En la ronda que habían formado en pie, vasos en mano estaban Patricia, una morocha petisa de cabello corto, lacio y de color negro azabache; Gabrielita muy delgada, vestía como los hippies, tenía 16 años. Lali, hermana de Patricia también morocha, más voluminosa, que eternamente hablaba estupideces como Tico, especialmente si había tomado algunos “Gacilín” para estar bien, anfetaminas, se entiende. Y luego estaba la Turca... el sueño dorado de Pablo, altísima con aquellos suecos de cuero y madera, majestuosa con ese pantalón rojo y misteriosa con sus silencios. Todos fumaban marihuana, aunque él no compartía el vicio de la droga, a Pablo no le importaba, mientras pudiera tener sexo… preferentemente con la Turca. El joven de la inteligencia federal bebió el último sorbo de whisky, apoyó el vaso sobre la mesa ratona, miró con curiosidad los tres anillos de plata que adornaban su mano derecha, se levantó del mullido sillón y se acercó al grupo.
Luego de besar a todas las chicas y estrechar la mano a Tico se situó junto a la Turca y dijo:
-¿Qué van a tomar? ¿Lo de siempre?
-Sí – respondieron todos
-Dos whiskolas, un gancia, un destornillador y dos whiskyes – ordenó al barman.
Extrajo el paquete de parisiennes del bolsillo y premeditadamente no el encendedor.
-         ¿Me das fuego? Solicitó a la Turca, inocente pretexto para iniciar la charla y acariciarle la mano.
-         ¿Qué haces loco, en qué andas? – preguntó ella.
-         Me inscribí en el curso de ingreso a Derecho así que voy a tener que viajar todos los días, che.
-Bárbaro loco, eso está bueno – Consintió la rubia que lucía dos trenzas largas y una bincha que revelaban aún más su belleza.
Cuando “Deep Purple” regalaba “Humo sobre el agua”, Pablo y la Turca bailaron en el centro del espacio reservado para ello. El sabía que todos, absolutamente todos los varones del boliche, que para entonces ya eran muchos, en ese momento contemplaban a la majestuosa y provocativa modelo de “Wrangler”. El disfrutaba que los demás imaginaran que la rubia era de su propiedad, aunque en realidad no lo fuera, ese era solo un detalle temporal; en cualquier momento podía darse el milagro y para ello “remaba”. Agonizaba la noche cuando Bochi se acercó a Pablo para decirle que quería conversar con él en el baño. Con curiosidad asistió Pablo a la furtiva reunión y mientras ambos orinaban en los mingitorios, Bochi sugirió:
-Si conseguimos hierba, a cualquiera de éstas le bajamos la bombacha.
-¿Vos estás loco? ¡Soy policía! Aunque tenés razón, es así.
La sugerencia había entusiasmado a los primos, pero la charla nunca continuó. A las cinco de la madrugada Pablo repartió a cada uno en su casa y se dirigió a la oficina. Lo recibió el sargento Pini que ya había empezado a tomar mate, le comunicó que durante la noche ni siquiera había recibido un llamado telefónico. El oficial devolvió la escopeta recortada,  el equipo de radio, fue al baño y se lavó la cara. Al regresar lo esperaba el Oficial Ferreira para recibir la guardia y comunicarle que todo el personal debía presentarse a las diez para asistir a una charla en la sala de situación. A Pablo no le agradó la orden recibida porque sólo le quedaban cuatro horas para ir al hotel, dormir, bañarse, desayunar y regresar.
Maldiciendo a la madre y a la hermana del Jefe del Servicio de Inteligencia Federal por habérsele ocurrido convocar a reunión de personal a las diez de la mañana,  regresó a la oficina. La sala de situación era un salón de unos quince metros de largo por diez de ancho, al frente pendían paneles corredizos con organigramas de estructuras terroristas. Solo el jefe se sentó en la cabecera, detrás de una mesa. En las butacas unos veinticinco empleados, varones y mujeres esperaban con intriga escuchar el motivo de la convocatoria. Debía ser importante, sin lugar a dudas, porque nadie recordaba que antes hubiera habido una reunión general; todas se efectuaban por ámbitos, gremial, subversivo, político y demás. El jefe era un hombrecito petiso, calvo, rechoncho, de ojos celestes y voz gruesa como buen fumador empedernido, sus modales eran generalmente suaves, salvo cuando se enojaba. Usaba lentes apoyados en la mitad de la nariz y observaba al público por encima de ellos con actitud docente, finalmente dijo:
-Bien señoras y señores el motivo de esta reunión es analizar la probable evolución de los acontecimientos nacionales y provinciales desde nuestra óptica, la policial. Para esto los he convocado aprovechando que el señor interventor militar de esta repartición se encuentra de viaje y así podremos hablar libremente, sin la siempre atenta oreja verde.
Este fue el exordio del jefe para continuar diciendo:
-En lo que respecta a la subversión armada, interpretamos que se encuentra desarticulada, incluso la banda terrorista más importante, los montoneros. Combates importantes se han librado a cuarenta kilómetros de aquí, en Santa Fe, más de treinta enfrentamientos armados. En Paraná también hemos tenido algunos en los que hubo muertos y heridos. El éxito se debe entre otros factores al apoyo que hemos recibido de la población que denuncia a los terroristas sin titubeos y a la gran cantidad de delatores que se han pasado a la fila de los verdes. De acuerdo con la información que poseemos “Carolina Natalia”, la conducción nacional de los montoneros, que ha huido a buscar refugio en países de Europa intentará dos objetivos: Boicotear el campeonato mundial de fútbol y realizar atentados espectaculares. Veamos el primer punto, para boicotear el mundial de fútbol han montado una campaña internacional para desprestigiar a la Argentina, ¿y en qué consiste esa campaña? Los que aquí son feroces asesinos se presentan allá como luchadores populares, intentan travestirse. En conferencias de prensa en Europa, especialmente en Francia, España e Italia presentan a sus soldados como jóvenes idealistas. Han diagramado un plan, sus nuevas armas, de aquí en más serán el derecho humanitario internacional y sus agrupaciones argentinas. Los Estados Unidos se prestan alegremente a este juego y lo promocionan, como ya lo habrán escuchado de boca de su presidente Carter. De esta forma el imperio podrá someternos más fácilmente, estando divididos y acusados de un holocausto. Es por esto que, conociendo los planes del enemigo, podemos arriesgar una probable evolución de los acontecimientos nacionales y esbozar dos hipótesis: Si los militares se empeñan en no levantar el gobierno de facto y el modelo económico, los próximos años serán de un desgaste progresivo irreversible favorecido por la furiosa interna entre Massera y Videla. Pero hay un salvavidas, siempre y cuando los militares sean inteligentes, y en ese supuesto si nuestro seleccionado nacional resulta campeón mundial, Videla será ovacionado por el público en el monumental de Núñez, ¡Ese será señores el momento para convocar a elecciones presidenciales! Y puedo asegurarles que ganarán ampliamente y se legitimaría el régimen de facto pasando a una etapa democrática.
La segunda hipótesis, es decir, si los milicos, en su ciega soberbia no aprovechan la alta imagen positiva que la sociedad argentina les ha otorgado por la lucha antiterrorista, sumada al estado de ánimo del pueblo argentino por el campeonato de fútbol, la cosa será distinta. Si no aprovechan la coyuntura por una cuestión de desgaste  normal y políticas equivocadas, caminaran hacia el abismo.
Recordemos que antes del golpe cívico-político-militar de 1976 las fuerzas armadas debatían dos posturas, la primera proponía encarcelar solamente a los terroristas cualquiera sea su grado de participación. Y la segunda sostenía que además había que encarcelar a dirigentes sociales, gremiales y políticos. Esta fue la que se impuso y fue un gran error, inadmisible aunque algunos fueron procesados por delitos comunes que indudablemte habían cometido. Esto nos lleva a pensar que pueden equivocarse nuevamente por soberbios, y los militares lo son por naturaleza. Si esto ocurre señoras y señores la estrategia de los miles de terroristas que se encuentran en el exterior, con el apoyo de los yanquis mediante la ONU esmerilará al gobierno. Los mismos que ayer nos apoyaban, a nosotros y a todos los gobiernos militares de América Latina, promoviendo golpes de estados y entrenando nuestros soldados en la escuela de las América en Panamá y en Fort  Gullick, West Point y Fort Bragg en territorio norteamericano se aliarán a nuestros enemigos. También si la situación económica y financiera de nuestro país se complica, sumada al desempleo, el aumento de la deuda externa y la inflación, este cóctel será la cicuta que beberán los militares. ¿Y qué sucederá cuando regrese la democracia? ¿Quién gobernará? ¿Massera y nuevo partido? ¿Los radicales ó los peronistas? De acuerdo al cuadro de situación planteado y aún siendo el peronismo el partido político más fuerte, estará muy desprestigiado por el recuerdo popular del último gobierno, el de Isabel Perón. También los militares, por lo cual un razonamiento lógico, nos lleva a concluir que el próximo gobierno será radical. Ahora bien, en la UCR coexisten dos posiciones, los ortodoxos  y los de centro izquierda, estos apoyados por la socialdemocracia europea, gobiernos que justamente están financiando a los terroristas exiliados allí y a su campaña de desprestigio. Se impondrán los de centroizquierda y será entonces cuando los guerrilleros regresarán al país envueltos en piel de cordero, reorganizados y con el respaldo de los muchos millones de dólares que obtuvieron producto de los secuestros extorsivos a empresarios argentinos y extranjeros. Luego accederán al poder político, como ya ocurrió en 1973 y 1974 y también nuevamente liberarán a los terroristas presos, amnistías mediante, pero esta vez buscarán venganza. Y en esa venganza señoras y señores estaremos incluidos nosotros los policías. Para demostrarlo les voy a leer un texto del órgano oficial de la prensa clandestina de la organización político-militar montoneros “Evita montonera” del mes de Octubre de 1976, número catorce, página 39, allí dicen: “Se fectuarán operaciones de aniquilamiento...además de constituir la policía nuestro principal obstáculo en la tarea política en el territorio, por lo que atacándola, disputaremos el control territorial. Con referencia a las operaciones contra las fuerzas policiales, podrán dirigirse contra policías cualquiera sea su grado...”Me arriesgo a decir camaradas, que la venganza será planificada y ejecutada más hacia nosotros que hacia los milicos. ¿Por qué? Primero porque a ellos les tienen terror y segundo porque si los militares se sienten perseguidos ó se ven encarcelados van a contar quienes fueron los miles de terroristas  que delataron a sus compañeros arrojándolos a la tortura  y a la muerte y a los políticos que comulgaron con ellos.
Luego tenemos la posibilidad que realicen atentados de gran envergadura y ya han demostrado su capacidad para ejecutarlos para lo cual cuentan con una fábrica propia de hexógeno en el Líbano. Los posibles objetivos son tantos que es casi imposible protegerlos a todos, estos blancos pueden ser cuarteles, represas, puentes, edificios simbólicos, personalidades, funcionarios, embajadas y muchos otros.
Bien ése es el análisis de inteligencia que tengo el deber de comunicarles, porque los que hoy somos héroes aplaudidos por la sociedad argentina, mañana con otras generaciones que no vivieron esta guerra podemos ser considerados terroristas. Esto acarrea consecuencias, condena social, cárcel, exilio, clandestinidad y vaya a saber uno que más.
Adulado por los alcahuetes, temido por los cobardes y tildado de sumiso por los duros, el Comisario Inspector, jefe virtual del Servicio de Inteligencia Federal de Paraná y de toda la provincia de Entre Ríos, hizo una pausa y luego dijo:
-¿Alguna pregunta?
Pablo levantó la mano.
-Hable oficial.
-No veo que haya nada que temer, todos saben que la responsabilidad de las órdenes y de las operaciones realizadas es exclusivamente militar y no policial. ¿O no fuimos siempre un convidado de piedra en esta guerra? Cuando nos tocó proceder lo hicimos con órdenes de allanamientos, emanadas del juzgado federal, instruimos las actuaciones, detuvimos a los terroristas, incautamos las armas y remitimos todo al juzgado.
-¡No sea tonto oficial! El hilo se corta por la parte más delgada, los jueces y los militares se van a blanquear, nos van a echar a nosotros el fardo.
-Está bien, entonces hay dos opciones, ó nos abrimos ahora como la disidencia montonera en 1974 ó armamos una resistencia policial unificada ¿Usted que sugiere? –Inquirió Pablo muy ofendido por haber sido tildado de tonto.
-Yo no sugiero nada, sólo planteo, además para ese entonces voy a estar en mi ciudad, muy lejos de acá.
-¡Muy valiente lo suyo!
-¿Cómo dijo oficial?
-Usted hace un momento me trató de tonto...yo le dije que lo suyo era muy valiente.
-¡En este momento lo sanciono con cinco días de arresto! Se termina la reunión y les recuerdo a todos que para el señor interventor militar esta reunión nunca existió ¿Comprendido? Dijo el jefe poniéndose en pié y guardando los anteojos en el interior del saco.
-¡Comprendido señor! Respondieron todos los asistentes al unísono menos Pablo que murmuró:
-Andate a la puta que te parió, pelado hijo de puta.
Para los aduladores Pablo era un boludo, para los cobardes el centro de todas las envidias y para los duros un rebelde. Al retirarse de aquel recinto los dos primeros se burlaron por lo bajo y los últimos se acercaron a él para infundirle ánimos. Ese era Pablo, incapaz de reservarse sus opiniones, aunque pagara las consecuencias. Al arresto lo cumplió en el mismo edificio donde trabajaba, de noche dormía sobre un colchón de goma espuma, en el piso de una oficina, de día compartía las actividades. Se le otorgaban, de acuerdo con la normativa dos horas, como al personal administrativo, al mediodía para salir a almorzar y dos a la noche para cenar, lo hacía en una sandwichería situada  una cuadra de allí. Aprovechó aquellos cinco días para leer carpetas de antiguos casos de experiencias guerrilleras urbanas y rurales especialmente cuando esas actividades tuvieron su auge en la región litoral, allá por 1972. Indudablemente en esta geografía el cristianismo revolucionario, los curas tercermundistas y su tarea de concienciación cumplieron un rol fundacional. Él que había sido educado en un colegio de curas, había escuchado las dos posiciones, la retórica tercermundista y la prédica ortodoxa. Pensaba que los tercermundistas tenían razón en todo lo que exponían en la doctrina social de la iglesia y su discurso era el más parecido al de Cristo, que también había venido a revelar y a rebelar, pero nunca habló de venganza, revanchismo social y violencia, sino de amor. De los ortodoxos, opinaba que adolecían de ese compromiso militante, misionero, de estar junto a los que más sufren, su posición era cómoda ó cobarde pero, no conducían al rebaño hacia el precipicio. ¿Era posible una síntesis que hubiera resultado perfecta? ¿O solo Cristo pudo, puede y los curas, como hombres que son no? Si los hombres ni siquiera habíamos aprendido a escuchar. También Pablo estudiaba las vulnerabilidades de la clandestinidad guerrillera especialmente las relaciones sociales, familiares, laborales y sentimentales de las que ninguna persona se puede abstraer, si lo hace resulta sospechosa y si no lo hace comete inevitables errores. Indudablemente la doble vida era una tarea complicada que siempre dejaba huellas que había que saber leer, pero esa era una tarea imposible por la cantidad de casos y la falta de tiempo. Estudiar a una persona ó algunas era posible, pero cuando eran decenas no.
Al cumplirse el quinto de aquellos estúpidos y aburridos días traspuso la pesada puerta blindada con su bolso al hombro. En ómnibus se trasladó hasta la casa de su primo Bochi para pedirle prestado el Citroen 2 CV. En él viajó a Santa Fe, atravesó el túnel subfluvial “Hernandarias” transitó por la ruta nacional 168, cruzó el histórico puente colgante, giró hacia el norte por la avenida costanera y al llegar a la calle J.P.López dobló a la izquierda. Ingresó a la cochera del espléndido chalet del distinguido barrio Guadalupe, la puerta que  comunicaba con el interior de la residencia se abrió y asomó un hombre de unos cuarenta años, sonriendo como en una propaganda de dentífrico y saludando con los dos brazos en alto. Era Juan Lucas, eternamente bronceado, propietario de un boliche muy de moda bautizado por él “Amazonia” emplazado en el casco céntrico de la ciudad cordial.
Juan Lucas era gay y aunque nunca perdía las esperanzas de lograr sexo con Pablo, éste solo lo consideraba un buen amigo. Almorzaron lomo a la pimienta que asó con maestría el dueño de casa, bebieron café irlandés y luego se dirigieron a la piscina rodeada de palmeras a tomar sol; a las cuatro de la tarde partió en su coche rumbo al trabajo diurno, la inmobiliaria de la que también era dueño. Pablo se calzó unas sandalias recogió los parisiennes, el bronceador y las llaves del Citroen para trasladarse hasta la playa. Al llegar al monumento a José Gervasio de Artigas, en la rotonda de la avenida costanera giró hacia el este y estacionó en la rambla “López”. Al pisar la  arena de la laguna Setúbal varias miradas femeninas lo enfocaron, no era Alain Delón, pero la playa era el mejor escenario para sus perfectas proporciones físicas. Se tendió en la arena boca arriba, apoyado en los codos mirando hacia el este. Allá lejos, en el horizonte, las lomadas entrerrianas exhibían orgullosas sus majestuosas barrancas con sus bosques en galerías. Podía divisar la ciudad de Paraná y a sus pies el delta, paraíso de islas; más allá invisibles, imaginaba las praderas del centro y la selva de Montiel.
Al cabo de una hora de soportar estoicamente los implacables rayos de sol santafesino zambulló en la laguna para refrescarse y luego caminó hasta el bar subiendo la explanada en cuya cima descansaba el Citroen. Se acercó a la barra y pidió una cerveza Schneider bien fría, se deleitaba con los primeros tragos cuando aparecieron Gabrielita y Patricia.
     -¡Hey loco! ¿Qué haces acá?-Saludó Patricia besándolo en la mejilla y rozando obsenamente con sus pechos el brazo de Pablo. La veinteañera de piel muy blanca y ojos verdes lucía una infartante bikini de cola less rosada. Gabrielita mucho más delgada, cubría la tanga de la bikini con un pareo colorido y transparente, en sintonía con sus cadenitas, pulseras, aros y pañuelo a manera de vincha, el look hippie sempiterno rematado con una bolsita de yute colgando del hombro hasta las caderas.
Invitó a las muchachas a beber una cerveza, para lo cual se sentaron alrededor de una mesita ubicada junto a la baranda de la rambla. Compartieron risas, cigarrillos, varias cervezas, demasiadas y una charla frívola. Cuando la tarde agonizaba él las invitó a conocer el chalet de Juan Lucas, les pareció fantástico y hacia allí rumbearon en el Citroen. Al arribo, el dueño de la casa telefoneó a Pablo advirtiéndole que no regresaría ya que, por razones de trabajo debía viajar de urgencia a San Cristóbal. A la medianoche los tres habían cenado y bebían whisky sentados sobre la alfombra roja apoyados en almohadones multicolores sembrados por todo el living. Sui Géneris atronaba:
“Hace tiempo que fui mozo
y fui libre de verdad
guardaba todos mis sueños
en castillos de cristal
poco a poco fui creciendo
y mis fábulas de amor
se fueron desvaneciendo nena
como pompas de jabón
Te encontraré una mañana
Dentro de mi habitación
Y prepararás la cama para dos…”
Patricia ataviada sólo con una bombacha turquesa invitó a Pablo a bailar, se abrazaron, ella le rodeó el cuello con sus brazos, sus pechos desnudos se apoyaron en él. Se besaron con descaro y lentamente se dejaron caer sobre la alfombra roja. Cuando la llama del amor se extinguió descubrieron a Gabrielita sentada junto a ellos cruzada de piernas observándolos. El le ofreció la mano, ella se acercó y se tendió encima del joven para recibir también ella su cuota de amor.
         Dos días después, mientras revolvía sus ropas en procura de una remera que no estuviera arrugada, Pablo recibió en el hotel un llamado telefónico del hombre que había entrevistado en el boliche, el Oficial Tenegri. Le informaba que viajarían al otro día en su coche a Santiago del Estero acompañados con el Comisario Palacios; llevarían cinco mil boletines clandestinos en los cuales formulaban sus propuestas para distribuir en las dependencias policiales santiagueñas. La reunión secreta se realizaría en una finca situada en las afueras de la ciudad capital. Pablo concedía a esta misión tanta importancia como a su trabajo, consideraba irracional el sometimiento de la policía a los militares, no lo aceptaría jamás. Ellos que se dedicaran a su tarea de aniquilar al enemigo, como les pedía el pueblo y les ordenaron los gobiernos democráticos y ahora militares; pero de allí a la apropiación de la policía había una enorme distancia.
         El Renault Break color champagne había salido de Paraná en un día extrañadamente caluroso y no era época para esa temperatura, seguramente era el preanuncio de lluvias. Pasó por Santa Fe, Rafaela, Ceres y se encontraba en la desolada ruta 34 exactamente entre los caseríos de Selva y Palo Negro, en Santiago de Estero. El trayecto era extenuante, el calor insoportable, dentro del Renault los transpirados policías insultaban cada vez que la rural se sacudía sobre el asfalto hirviente y plagado de baches. Sofocados por el mediodía santiagueño adormecían los paranaenses invadidos por un viento caliente que ingresaba por las ventanillas. Al Comisario de lentes oscuros que manejaba le chorreaban gotas de transpiración desde las patillas hasta el cuello. El Oficial Principal se había acostado en el asiento trasero con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho. Pablo con la camisola desabrochada fumaba apoyado en la ventanilla con el cristal bajo.
         Eran los responsables de la tarea de unir a las policías de Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Chaco, Formosa, Santa Fe y Santiago del Estero; otros se encargarían del resto, la zona noroeste y centro era su problema y para ello estaban allí. La modorra los había abombado, el diálogo se había agotado muchos kilómetros atrás, viajaban absortos en sus pensamientos cuando súbitamente un Torino color verde agua apareció fantasmalmente desde la nada y se detuvo en medio de la ruta obstaculizando totalmente el paso. Pablo gritó:-¡Cuidado!- el conductor de la Break pisó el freno bruscamente y se aferró con fuerza al volante del coche que derrapó de costado hasta detenerse recién a pocos metros del Torino. El que dormitaba en el asiento trasero fue a parar al piso, Pablo advirtió que del coche atravesado rápidamente descendían cuatro hombres con armas largas; en un acto reflejo extrajo la cuarenta y cinco de la sobaquera y disparó tres tiros desde el asiento del acompañante hacia el Torino. Los impactos de la pistola de Pablo hicieron explotar el parabrisas de la Break, los atacantes se arrojaron sobre el asfalto; el joven oficial paranaense abrió violentamente la puerta del coche y cuando su pié derecho pisó la caliente ruta 34 sintió un objeto redondo y duro que se apoyaba con fuerza justo detrás de su oreja derecha.
         -¡Si te movés, te mato guacho!-gritó alguien que seguramente se había emboscado al costado de la ruta, oculto entre las tipas y los aromitos.
         -¡Tiren las armas! ¡todos al piso! ¡las manos en la nuca!- vociferaba el recién aparecido apuntando con un FAL. Dos de los atacantes abrían las puertas del lado izquierdo de la rural para bajar a los compañeros de Pablo a las  trompadas. Los tres entrerrianos acostados boca abajo, fueron esposados a la espalda y vendados los ojos con cinta de embalar marrón, luego comenzaron a patearlos. El chofer sangraba, los vidrios del parabrisas se habían incrustado en su cara y en sus manos. Pablo advirtió que las esposas que apretaban su muñeca eran del modelo francés porque las habían cerrado girando una llave cilíndrica, eran novedosas, sólo el ejército las usaba, no eran terroristas aquellos ¿Habría herido a alguno de ellos? Fueron arrastrados hasta dos autos, dos fueron acostados en la parte trasera de un coche, uno encima del otro y Pablo en otro. No habían recorrido más de dos kilómetros por un camino de tierra transversal a la ruta 34 cuando los bajaron y sin caminar más de tres pasos, los hicieron subir tres escalones. Pablo pensó que debía tratarse de una casa rodante. Los hicieron sentar en el piso, espalda contra espalda, esposada y vendada.
         -¡Nombres, jerarquías y reparticiones!-gritó uno de los secuestradores.
         -Arnaldo Palacios, Comisario de Operaciones Especiales -habló el lastimado y aterrado chofer.
         -Joaquín Tenegri, Oficial Principal del Comando Radioeléctrico explicó el que minutos antes dormía plácidamente.
         -Pablo Ríos, Oficial Ayudante, de Sumarios Administrativos- dijo el más joven, para recibir automáticamente una brutal patada en las costillas que lo hizo gemir de dolor acostándolo en el piso.
         -¡Mirá guacho hijo de puta, casi nos mataste, no te matamos de pedo y encima te haces el pícaro!
         -Nadie te pidió el nombre de guerra, lo único que dijiste bien fue tu jerarquía, decí tu nombre real y tu repartición –continuó diciendo mientras le pisaba la cabeza oprimiéndola contra el piso.
         -¡Le digo la verdad! Tengo mi documento en el bolsillo oculto adentro del calzoncillo, sáquelo y vea. –Lo revisaron y lo encontraron.
         -¡Es trucho! –dijo el interrogador luego de mirar el documento de identidad y cuando le iba a propinar otra patada, uno de ellos dijo:
         -¡Basta! –y continuó hablando –sepan señores que los conocemos perfectamente, como además sabemos que son de la Oficialidad Joven y a qué iban a Santiago. Esto es solo una advertencia, si persisten  en complotarse contra la intervención militar, la próxima vez son boleta ... ¿entendieron?
         -Si señor –respondieron los tres.
Entonces fueron liberados y sin mediar más palabras llevados hasta la break siempre encañonados hasta que el coche arrancó.
         Si al trayecto del viaje de ida lo habían recorrido bañados de transpiración, al de regreso lo hicieron bañados de humillación. Miles de cristales esparcidos en la rural eran del parabrisas, les habían robado los proyectiles y los compañeros recriminaban a Pablo haber disparado. Este sin molestarse en responderles pensaba que seguramente los habían escuchado interviniéndoles los teléfonos; también evaluaba un ramillete de posibles venganzas que iban desde las más razonables hasta las más impulsivas y violentas comenzando por secuestrar al interventor militar y hacerle precisamente lo mismo que acababan de sufrir ellos.
         Aquel suceso acaecido en tierra Santiagueña, lejos de amedrentar a Pablo, había arrojado combustible sobre las llamas del odio hacia los milicos que siempre mantenía encendida. Pero el episodio trascendió al conjunto de la Oficialidad Joven, la había asustado reduciendo sus actividades a la mínima expresión. Decepcionado por la cobardía de sus compañeros Pablo decidió dedicarse a sus estudios universitarios.
         El cursillo común se dictaba a los ingresantes en la Universidad Nacional del Litoral, de gran prestigio en Latinoamérica. Problemática Universitaria y Ciencias debían aprobar los alumnos que pretendía ingresar; para quienes provenían de colegios privados no constituía ningún obstáculo, los que habían egresado de escuelas públicas encontraban dificultades. La condición social establecía la primera diferencia. Fue allí, con su identidad verdadera: JAVIER ROTTER, donde conoció a Griselda, una joven de diecinueve años, de cabellos castaños claros que le llegaban hasta los hombros, labios finos, pecosos, audaces y alocados. Siempre vestía jeans ajustados campera, zapatillas y una bolsa de cuero crudo cruzada, ostentaba una figura excepcional. En los recreos compartían el café en el bar de la facultad, fue allí donde ella le comentó que sus padres eran separados, que vivía con su madre y no le alcanzaba el dinero para pagar el ómnibus desde Paraná a Santa Fe. Había tomado la decisión de viajar a dedo y entusiasmó a Javier para que la acompañe ya que temía que algún camionero atrevido pudiera intentar violarla.
         -Así fue que, mientras duró el curso común se encontraban en el acceso del Túnel Subfluvial Hernandarias en Paraná para hacer auto-stop hasta Santa Fe. Para regresar caminaban hasta el puente Colgante y en este o en el Oroño apelaban a un trámite rápido y pícaro. Ella se paraba al costado de la ruta haciendo señas a los automóviles y camiones cuyos conductores al ver semejante belleza no dudaban en detenerse, se acercaba a la ventanilla y les decía: estoy con mi hermano, ¿me llevas?... y ya no podían negarse, entonces aparecía Javier desde algún escondite.
         A los pocos días Griselda estaba convencida de dos cosas, que Javier estaba deslumbrado por ella y que lo manejaba a su antojo, ambas eran ciertas.
         La dupla aprobó el curso de ingreso sin dificultades e inmediatamente comenzaron a asistir a las clases regulares de Historia Institucional, Filosofía y Ciencias Políticas. Las primeras materias que pensaban aprobar.
         Normalmente las mujeres inicialmente entablan diálogo con otras mujeres y la facultad no escapaba a esa regla, pero esa mujer no. Se sentaba en el banco justo delante de Javier, era santafesina. Al concluir la  primera clase de Historia y mientras Javier todavía permanecía en su pupitre acomodando sus útiles y apuntes, ella se levantó y se paró junto a él con su pelvis casi rozando provocativamente el brazo del entrerriano.
         -A mí, Historia me cuesta mucho ¿a vos también? –abordó ella.
         -No, a mí no me cuesta, me resulta fácil -y percatándose de la insinuación agregó –si querés te ayudo, podemos estudiar juntos.
         -Claro, bárbaro.
         Emilse Reinz era bastante más exuberante que Griselda, aunque no más bella, cada una tenía lo suyo. La santafesina tenía cutis blanco, cabellos de un negro profundo, semilargos y ensortijados, una leve miopía la obligaba a usar unos anteojos que le otorgaban un aire intelectual. Sus cejas eran abundantes aunque delineadas y bien depiladas, su boca serpenteada por labios carnosos  liberaba una voz sumamente sensual.
         De movimientos soberbiamente felinos y decisiones veloces, rápidamente buscó y consiguió la amistad de Griselda, a nadie escapaba que esta y Javier eran mínimamente amigos y tal vez algo más. Al poco tiempo pasaron de ser solamente amigas a establecer una amistad íntima, así supo que no existía ese algo más que uniera a Griselda con Javier. A Emilse y Javier pronto los atrapó el hechizo de la atracción recíproca, la química, el magnetismo mágico. El notaba que a ella la entusiasmaba charlar sobre temas políticos y como eso lo acercaba a la muchacha, recurría a la política con frecuencia aderezando sus opiniones con afirmaciones o dudas existencialistas, pícaro recurso para estimular definiciones y acciones.
Las conversaciones de los tres amigos interrelacionaban política, filosofía, pedagogía, psicología y sociología, cuestionando y replanteando la realidad nacional y latinoamericana, la dependencia y el rol de la sociedad y los partidos políticos.  Esas incursiones que comenzaban con Aristóteles y llegaban a la actualidad, muchas veces más que esclarecerlos los confundían aún más. La incorporación de conocimientos al no ser gradual y sistemática, apurada por el afán de aprobar materias rápidamente y cátedras superpobladas de alumnos atentaban contra la formación de los educandos.
         Si bien simpatizaban con los muchachos de la Juventud Peronista también los tachaban de burgueses cómodamente dedicados sólo a la militancia en el ámbito estudiantil. Estas razones los decidieron a crear una agrupación universitaria política y popular cuya militancia se concentraba en el territorio de los barrios humildes. Recorrieron las aulas de la facultad invitando a los alumnos a integrarse; con cierta decepción comprobaron que solo se interesaban los chicos que cursaban sus primeras materias, de ellos lograron captar delegados en varias cátedras. Sorprendía la metamorfosis instantánea que se producía luego de la primera charla, los ingresantes evidenciaban ansias de participación y compromiso social. Por su combatividad brillaba una niña de primer año muy bella, que deslumbrada por Javier lo perseguía por toda la facultad provocando los celos de Emilse y Griselda. Belleza y valentía era el cóctel ante el que Javier sucumbía en un tris.
         Dividieron la tarea de recorrer los barrios en grupos, charlaban con los vecinos y tomaban notas de las necesidades más urgentes. Gestionaban reclamos antes las autoridades municipales, dictaban clases de apoyo a los niños y organizaban tareas comunitarias. En una de estas visitas, la bella niña ingresante y valiente puso a Javier en apuros diciéndole:
         La nuestra es una militancia hipócrita porque nosotros venimos y colaboramos, pero luego nos vamos, volvemos a nuestra vida cómoda, no convivimos con ellos, no compartimos el sufrimiento diario de la pobreza.
         Javier aceptó la durísima autocrítica como una inmensa verdad; le prometió estudiar la obtención de recursos para que aquellos que voluntariamente resolvieran residir en los barrios pobres pudieran hacerlo. No era fácil ni barato.
         Por su parte, Griselda acompañaba poco y casi no participaba de la dialéctica política que era la droga que compartían Emilse y Javier; además la excusa para dar rienda suelta a la atracción mutua, compartiendo momentos. Para Emilse los pobres debían ser esclarecidos, iluminados y conducidos por los más aptos, para él, a los pobres Dios les compensaba su pobreza haciéndolos felices. Ella era agnóstica, él ultracatólico, a veces, y recurrentemente apelaba en su retórica a citas del Concilio Vaticano Segundo y del Congreso de Medellín; decía que la mejor doctrina política era la social de la iglesia. Ella se burlaba diciéndole:
         -Vos debés ser del Opus Dei y tu jefe político el beato Escrivá de Balaguer.
         El defendía a Perón, su familia era peronista y él lo había heredado como su fanatismo por el Club Estudiantes  de Paraná. Ella decía que Perón fue un viejo lelo y traidor.Él decía que había sido un estadista brillante que otorgó derechos constitucionales a los oprimidos y produjo un avance revolucionario en la Argentina. Ella opinaba que los sindicalistas con López Rega habían creado la tripe A. Él se burlaba de la ingenuidad de pensar que el valet pudiera tener una iniciativa de esa naturaleza sin que el General la autorizara y le recomendaba leer los últimos discursos del líder. Ella admiraba la capacidad para recordar fechas de Javier cuando repasaba hechos:
         -Querida Emilse, analizá éstos datos: El 5 de septiembre de 1973 Firmenich y Quieto se reunieron con el General ¿qué le exigieron? El 25 del mismo mes en respuesta a la negativa de Perón asesinan a Rucci. Cinco días después y por ese motivo se organiza la triple A ¿quiénes participan? Perón, Benito Llambí, Lastiri, Martiarena, López Rega y también los gobernadores y vice gobernadores. Díez días después el Consejo Superior Peronista emite la orden secreta para los delegados del Movimiento Nacional Justicialista declarando textualmente la guerra contra los grupos marxistas. Dos años después Luder crea el Consejo de Seguridad Interior integrado por todos los ministros del gabinete nacional y emite la orden de aniquilar. Hay ocasiones querida mía en que los hechos hablan por sí mismos, concluyó Javier.
         Ella admiraba al Che Guevara, veía al peronismo como un movimiento obsoleto pero útil para que el pobrerío mayoritario iluminado por una vanguardia, fuera la escalera que les permitiera a los montoneros conquistar el poder y sus hombres, sus guerrilleros conducir el país desde el gobierno. Ella se definía liberada de prejuicios, feminista, descreía de la monogamia, la entendía como una imposición de la sociedad: disputaba la compañía de Javier con Griselda, aunque trataban de disimular la competencia. La entrerriana lo tenía para ella en la calle y en su ciudad, la santa como algunos le decían; en la facultad. El disfrutaba del juego y las otras alumnas comentaban por lo bajo, en sorna, que ambas chicas eran socias porque compartían alegremente el mismo hombre. Pero Griselda sabía que perdía terreno en el corazón y en la bragueta de Javier, entre él y la santa había demasiados toqueteos, hasta regalitos, había visto una tarjeta que decía: “Dirán que andas por un camino equivocado, cuando andes por tu camino”.
         Una tarde en que Emilse y Javier tomaban café en el bar de la facultad, ella lo sorprendió con un comentario que refería a los inconvenientes que tenía con el novio debido a los celos de éste hacia Javier. El comentario decepcionó profundamente a Javier, que pensó: ¿Si tenía novio para que flirteaba con él? Si no aceptaba la monogamia tampoco debía aceptar un novio celoso. ¿Qué cosas le había contado al novio que a éste le produjeron celos?
         -Lamento ser el causante de tus problemas, nunca me dijiste que tenías novio, no volverá a ocurrir, sólo atinó a decir Javier.
         -No, no importa eso...vos no tenés culpa de nada; tal vez hablé demasiado bien de vos delante de él –intentó aclarar Emilse pero la respuesta no fue suficiente.
         A partir de aquella charla Javier esquivó cualquier acercamiento con ella y, cuando el diálogo era inevitable lo reducía a comentarios breves y cortantes. Este distanciamiento fue rápidamente advertido por Griselda y decidida a aprovechar la oportunidad lo invitó a estudiar en su casa el sábado siguiente. Cuando Javier oprimió el timbre de la casa de la avenida Almafuerte, ella, seductoramente vestida solo con una camisa de hombre desprendida hasta el tercer botón del escote, le abrió la puerta. ¿Se había producido tan provocativamente para seducirlo? Luego de besarlo en la mejilla e invitarlo a pasar al interior, su primer comentario fue dirigido al viaje que su madre había tenido que hacer para visitar a una hermana enferma; le hacía saber que estaban solos en la casa. Se sentaron junto a la mesa del comedor y comenzaron a repasar los apuntes tomados en clase de filosofía y a leer los textos indicados por el titular de la cátedra; fumaban y ella cebaba mates amargos, costumbre entrerriana. En un momento dado ella se levantó de la silla, se acercó  a él y se inclinó sobre la mesa para leer el libro de Javier, sus pechos desnudos quedaron pendiendo a veinte centímetros de los desorbitados ojos del muchacho, quién fingió con mucho esfuerzo no advertir la señal. Ella retornó a su silla ubicada frente a él y continuaron estudiando, pero al cabo de un rato sus pies desnudos se apoyaron sobre los de Javier que tampoco reaccionó a la insinuación cariñosa. Habría transcurrido una hora y media de estudio cuando ella dijo:
         -Estoy harta del mate, tengo ganas de tomar café ¿vos?
         -Dale, vamos a tomar.
         -Acompañame a la cocina, vamos a prepararlo.
         La cocina era pequeña y angosta, ocupada por una heladera grande y antigua, un aparador de algarrobo, una cocina con  una garrafa de quince kilos y una mesada con dos bachas; arriba de ella, la alacena atornillada en la pared. Griselda puso a calentar una cafetera con agua y luego se apoyó en la mesada parada en puntas de pies, para luego levantar los brazos en busca del café, dentro de la alacena. Quedó de espaldas a Javier y debido a la intencionada pose, se le levantó la camisa mostrando al varón la brevísima bombacha negra que intentaba vanamente cubrir aquel trasero perfecto. El comprendió que no podía seguir ignorando lo que pasaba. Se acercó a ella por detrás y metió sus manos dentro de la camisa acariciándole los pechos; ella bajó lentamente los brazos hasta apoyar sus manos en la mesada, sin darse vuelta. Segundos después él le bajó la bombacha, la dio vuelta y la acarició detenidamente. Tanto habían imaginado ese momento, sin admitirlo, que ella, que demostró ser más apasionada, hizo sin proponérselo que él se precipitara,  y todo sucedió demasiado rápido, debieron amarse más tiempo.
         Tal vez fueron pequeños detalles como las atenciones y los gestos de caballerosidad de Javier hacia Griselda, tal vez porque ella misma  le contara secretamente su aventura sexual ó sólo se lo insinuara, la cuestión era que Emilse sabía o intuía que iba perdiendo la partida. Además ella misma había provocado el distanciamiento con aquella maldita, inoportuna y desafortunada conversación; aunque su intención estuviera en las antípodas del desenlace ocurrido. Se esforzaba por no demostrarlo, pero interiormente explotaba por sus celos. La otra había visto la oportunidad y la había aprovechado.
         Javier era el líder de la agrupación Universidad Popular, secundado por las dos mujeres y seguido por un número considerable de alumnos y alumnas.. Lo preocupaban aquellos estudiantes de bajos recursos a los que les dedicaba más tiempo intentando ayudarlos ideando soluciones. De la facultad se dirigía al trabajo, de allí al hotel y los sábados a La belle époque. Ignoraba que la inteligencia santafesina lo acechaba, lo había detectado y lo investigaba calificandolo de “activista universitario y probable terrorista”; sabían que era oriundo de Paraná y consultaban a la comunidad informativa y a los buchones de la orga que eran legión. Pensaba que si alguna vez en su trabajo, la inteligencia federal cuestionaba su militancia estudiantil, sabría que responderles y era muy difícil discutir, fundamentalmente con él. Mientras no se metiera en cosas pesadas no tenían derecho a meterse; al menos de eso estaba convencido.
         Luego de insistir en varias oportunidades Emilse logró convencer a Javier para que éste concurriera a su casa a estudiar y allá fue. Solo viajaba a dedo cuando acompañaba a Griselda, cuando lo hacía solo utilizaba los ómnibus del transporte interurbano Etacer. Descendió en la estación terminal General Belgrano, en pleno centro santafesino y caminó seis cuadras hasta donde se encontraba la casa de Emilse en la calle 9 de Julio. A juzgar por la zona y la construcción pensó que seguramente se trataba de una familia de clase alta. Ella salió a recibirlo elegantemente vestida y lo presentó a los padres con la solemnidad con la que se actúa cuando se presenta formalmente al novio, sin mencionar ese detalle. ¿Qué se proponía? Ellos parecían encantados de conocerlo ¿veían en él un mejor candidato para la hija que el otro, un pobretón de ideas comunistas en tiempos peligrosos ? Intercambiaron las trivialidades que suelen decirse en esos casos y luego los dejaron solos. Mucho no estudiaron, casi nada, charlaron, café y masitas dulces mediante, ella le comentó que su novio militaba en una agrupación política y que trabajaba duramente en una empresa constructora, no por necesidad, sino para entender cómo piensan los obreros, los proletarios, los oprimidos. A Javier se le ocurrió que ese personaje debía ser comunista y además idiota, allí estaba la respuesta al grato y llamativo recibimiento de los padres de ella. Al despedirlo ella sugirió que la próxima vez podrían estudiar en la casa de Javier; esto complicaba las cosas, él no vivía en la casa de sus padres, primero por una medida de seguridad y además porque sus relaciones con ellos eran pésimas. Le respondió que no era conveniente y ella creyó encontrar en esas palabras la confirmación de algo que venía sospechando desde tiempo atrás: Javier andaba en algo pesado.
         Emilse suponía que eso algo pesado en lo que andaba Javier era una organización terrorista y ese tremendo error sumado a la atracción que por él sentía la llevó a confesarle una tarde en el bar de la facultad un secreto: Ella y su novio Ramiro  (así dijo que se llamaba) eran soldados de la organización guerrillera montoneros. A Javier se le congeló la sangre y no sólo por eso, ella agregó que el celoso Ramiro (ahora ya  no sabía qué era verdad y qué era mentira) quería conversar con él, desconociendo el motivo. Desconcertado Javier intentaba razonar, un novio celoso era una cosa, pero un terrorista celoso era otra muy distinta ¿tal vez Ramiro lo amenazaría para que deje de frecuentar a su novia? Sea lo que fuere, no podía mostrar cobardía, era un líder y estaba ante una adepta cuyos aditamentos eran guerrillera enamorada.
         Así fue que acordaron encontrarse al día siguiente en la entrada principal del Club Atlético Unión de Santa Fe, a las cinco de la tarde. Javier llegó a la terminal en el Etacer y desde allí hasta el club tatengue en el micro de la línea cinco; iba desarmado, desde que asistía a la facultad no usaba armas, y eso hacía que  ahora se sentiera muy indefenso. Nunca comunicó a sus jefes haber contactado con terroristas, tamaña novedad ocultada constituía una traición y una falla profesional muy grave porque corría un riesgo innecesario. Ella llegó luciendo una camisa de varón color verde oliva, vaqueros y zapatillas, con una bolsa colgada del hombro ¿venía armada? Sonriente lo saludó:
         -¡Hola flaco! ¿todo bien?
         -Sí – contestó él- todo bien.
Extrañamente ella le pidió con gran amabilidad que se colocara unos anteojos oscuros que sacó del bolso. Cuando Javier lo hizo se dio cuenta que estaban pintados por dentro, no veía absolutamente nada. Ella lo tomó del brazo y le dijo:
-Es una medida de seguridad, caminá como si fuéramos novios, yo te guío.
-Ninguna de las dos últimas cosas me disgustan bromeó Javier.
Experto él, advirtió que ella era principiante en esas lides porque no lo hizo caminar previamente en círculos para desorientarlo antes de comenzar el trayecto. Pudo entonces el hombre de la inteligencia federal percatarse que cruzaban desde el club Unión a la vereda del enfrente, el Este, de allí caminaron hacia la izquierda, el Norte, bajaron y subieron seis cordones, eran tres cuadras cortas. Luego caminaron otras dos cuadras a la derecha, o sea al Este, giraron a la izquierda, el Norte, una cuadra, cruzaron a la otra vereda, eran dos cordones y él calculó que se detuvieron en la segunda o tercera casa de una calle cuyo nombre desconocía pero que podía ubicar fácilmente. Ella golpeó la puerta con dos golpes seguidos, una pausa y tres golpes más espaciados. Desde adentro de la casa una voz preguntó:
-¿Quién es?
-Sara – respondió ella, descubriendo su nombre de guerra.
Una vez en el interior ella le quitó los anteojos y Javier se encontró frente a frente con Ramiro, que, seguramente no era su verdadero nombre. Se trataba de un colorado que tendría la misma edad de Javier,  más bien petiso y de aspecto desaliñado, cuando este le estrechó la mano la sintió muy áspera, era la mano de un albañil.
La vivienda era una construcción antigua de paredes altas y pisos de madera, casi sin muebles, abandonados y sucios. Con fingida simpatía Ramiro los invitó a pasar a la cocina, los tres se sentaron en el piso alrededor de una desvencijada mesita ratona. El guerrillero, novio celoso, supuestamente llamado Ramiro extrajo de su cintura una pistola Brownning 9 milímetros que en actitud intimidatoria apoyó sobre la mesita para comenzar a hablar:
-Bueno Javier, hace dos meses que te estamos chequeando sabemos, de tus convicciones políticas y de tus condiciones para la militancia, queremos que te incorpores a la orga, a montoneros, se entiende. Si aceptas, los tres integraremos una célula, una unidad básica de combate. Las nuevas órdenes de la conducción hablan de la autonomía operativa. Si querés mañana mismo comenzamos a darte un curso de instrucción militar. ¿Qué decís?
-Bueno... me sorprende un poco esta propuesta tan precipitada pero...acepto –dijo poco convencido y temiendo mucho que si su respuesta era otra no viviría para contarlo. – En cuanto a la instrucción militar, te voy a mostrar algo.
Sacó un pañuelo de su bolsillo, se vendó los ojos, tomó la pistola oprimió el botón que expulsaba el cargador, lo sacó y  lo desarmó, resorte por un lado, almacén por otro y elevador de proyectiles por otro lado. Tiró la corredera hacia atrás y quitó el tetón del seguro; de la corredera extrajo el resorte y el cañón. Con la pistola completamente desarmada sobre la mesita, sin quitarse la venda de los ojos comenzó a armar las piezas nuevamente.
Tamaña demostración de conocimiento del arma ridiculizó a Ramiro frente a Emilse que, asombrada por el hombre que la seducía, solo atinó a reírse. Si Ramiro había estado celoso, ahora lo estaba mucho más.
Luego de aquel episodio, una profunda preocupación se apoderó de Javier ¿qué había hecho? Era una locura extremadamente peligrosa, pero tenía solución, debía apartar a Emilse de Ramiro lo que no parecía muy difícil, luego  conducirla hacia la militancia barrial en su agrupación y ella se olvidaría de la opción violenta. No la dejaría sola conociendo el peligro que corría.
Comenzaron a practicar tiro al blanco en el patio de la casa operativa de la organización que habitaba Ramiro, utilizaban una pistola de aire comprimido calibre cinco y medio por varios motivos: Según explicaría Ramiro tenía un peso similar a las de guerra, no hacía ruido y su retroceso era el mismo. Según el manual de instrucción de las milicias montoneras debían aprender a disparar desde diferentes posiciones, en pie, cuerpo a tierra y apoyados en una rodilla. Al cabo de cada práctica en las que Ramiro se jactaba de su puntería (la de Emilse y Javier era lamentable) aquel adoctrinaba:
La nuestra es una estrategia de guerra popular, revolucionaria y prolongada. Esto implica que nos planteamos el reemplazo del sistema capitalista dependiente que hoy domina nuestro país, por el socialismo, a través del desarrollo de una guerra contra la oligarquía y el imperialismo librada por nuestras estructuras políticas y militares, sustentada en la lenta acumulación de poder político y militar simultanea al desgaste del enemigo. La actual estrategia de éste consiste en utilizar tanto a la policía federal como a las  policías provinciales en la tareas de detención, allanamientos y controles de ruta que implican molestias a la población, es decir las FFAA en público, protegen su imagen, aunque en la clandestinidad torturan, roban y asesinan compañeros. Para cumplir con la orden general impartida para el ejército montonero vamos a realizar una operación de hostigamiento al enemigo consistente en un ataque a la Comisaría Sexta..
Así habló Ramiro, que, por estar en la clandestinidad podía participar del ataque pero no en los chequeos previos para los cuales fueron designados Emilse (o Sara) y Javier.
Al otro día, en la facultad, Javier dejó en claro ante Emilse sus determinaciones:
-         Mira negrita, yo no pienso matar ni herir a nadie,
-         Quedate tranquilo flaco, es solo un ametrallamiento para asustar, para el titular del diario del día siguiente y para propaganda de la orga en el Evita Montonera. Le tiramos unos tiros al frente del edificio cuando no haya nadie y nos vamos.
-         Sí, pero puede ocurrir que una bala perfore una ventana y vaya a parar en la cabeza de algún vigilante.
-         No es nuestra intención, tampoco va a suceder, Ramiro tiene mucha puntería, solo él va a tirar, nosotros lo cubrimos.
La comisaría en cuestión estaba enclavada en el barrio Barranquitas en la Avenida López y Planes al 4.300, sobre la vereda Oeste. Lindaban con ella hacia el sur una farmacia, hacia el norte una ferretería y más allá un kiosco junto a las vías del ferrocarril Belgrano. Los primeros estudios Emilse y Javier los hicieron caminando, entablaron conversación con Cacho, el quiosquero, con la hija del dueño de la ferretería y con el hombre delgado de ojos celestes propietario de la farmacia. En uno de aquellos chequeos, una noche tormentosa ellos estacionaron un Peugeot 504 marrón oscuro de la organización en una dársena a media cuadra de la comisaría y al lado de una casilla de madera donde dormía Taco Pacini, el guardabarreras. Desde el interior del coche observaban los movimientos del personal policial mientras simulaban ser una pareja de enamorados. Para la medianoche lo único que habían visto era el acarrear de algunas botellas de vino que los uniformados compraban en el kiosco de Cacho; eso sí, al fiado, porque el quiosquero los anotaba en una libreta.
         Repentinamente vieron a dos hombres que se acercaban a ellos caminando resueltamente con las manos en los bolsillos. Javier que se encontraba al volante, creyendo que eran policías, giró su cuerpo, tomó con sus manos la cabeza de Emilse y la besó en la boca. Ella lo abrazó, se trataba de disimular. La pareja miraba de reojo a los hombres que siguieron su camino sin reparar en ellos, igualmente continuaron besándose, ahora con una furiosa danza de lenguas mirándose a los ojos en la penumbra del Peugeot de vidrios empañados. La manos de él volaron hacia los pechos de la joven y la derecha de ella hacia la intimidad de Javier; al cabo de algunos minutos envuelto en un frenesí incontrolable, Javier, como si alguien pudiera escucharlo le susurró al oído:
         -Esperá, vamos a otro lado, acá no, condujo velozmente el Peugeot una diez cuadras y estacionó en la oscuridad del inmenso Parque Juan de Garay, una de las arboledas más bellas de la ciudad. Con desesperación se inclinó encima de Emilse para poder tirar de la palanquita que, a la derecha y abajo del asiento de ella, reclinaba el mismo hasta convertirlo en cama. Luego, con tironeos bruscos tiró la que estaba debajo de su asiento a la izquierda.  Desnudó a la hermosa joven completamente y se amaron en todas las posiciones que la incomodidad permitía.
 Una semana después llegó el día del ataque al puesto policial, la guerrillera, su novio y su amante, se encaminaron desde la vivienda operativa a la comisaría para perpetrar el atentado, seis cuadras no justificaban usar coches, el novio engañado llevaba la pistola Brownning y los otros dos un revolver 38 largo cada uno. En la vereda frente a la comisaría, cruzando la avenida López y Planes nacía un pasillo oscuro que comunicaba con la calle Gobernador Freyre. Un corrupto secretario de Servicios Públicos de la Municipalidad del anterior gobierno peronista había abortado la salida a la avenida de la calle Córdoba, reclamada por los vecinos, pero la coima pudo más, el terreno fue a parar a manos privadas y la calle se convirtió mágica y trágicamente en pasillo. Javier y Emilse quedaron en el extremo del pasillo, sobre Gobernador Freyre, nuevamente simulando, o no tanto, ser una pareja de novios y observando que nadie apareciera en escena. Ramiro caminó hasta la entrada al pasillo sobre López y Planes; se asomó a la vereda para comprobar que nadie circulara por el lugar. Esperó hasta que  terminara de pasar un ómnibus de la línea tres, extrajo la pistola y efectuó seis disparos hacia el frente del local policial, el silencio de la madrugada magnificó las explosiones. El reglamento de la organización ordenaba a los guerrilleros de mayor jerarquía escapar primero, por lo que el Oficial montonero Ramiro pasó corriendo delante de ellos con la velocidad de una flecha. La supuesta pareja de novios primero caminó luego lo hizo más rápido y luego corrió dos cuadras hasta la calle Saavedra y desde allí una más hasta Iturraspe. En aquel lugar, muy transitado, para no llamar la atención cruzaron caminando; para después correr nuevamente otras dos cuadras. Ramiro había desaparecido, Javier regulaba la velocidad de su carrera detrás de Emilse, bastante lenta; de tanto en tanto miraban hacia atrás. Al llegar a la vía baja, a sesenta metros de calle Río de Janeiro, se escucharon disparos, seguramente los policías respondían al ataque gatillando al azar. Ella se torció un tobillo al pisar uno de los rieles y se desparramó pasadamente sobre los ancianos durmientes de quebracho. El muchacho la levantó recordando la técnica para transportar soldados heridos en la guerra, con la mano izquierda tomó el brazo derecho de ella, luego metió su brazo derecho entre las piernas de la mujer. Cuando el torso de ella se apoyó sobre su hombro, el peso se equilibró y la cargó con cierta facilidad hasta la casa operativa donde los esperaba Ramiro. Si algo faltaba para borrar cualquier sentimiento que Emilse pudiera conservar para con Ramiro, era este suceso que consolidaba a Javier como dueño y señor de su corazón.
         El ataque a la comisaría resultó exitoso, la operación se concretó sin inconvenientes, al  día siguiente el vespertino local publicó el acontecimiento, habían practicado y seguramente la orga lo resaltaría en su boletín de cinco pesos mentirosos que nadie abonaba.
         Una tarde en la que el titular de la cátedra de Historia Institucional había pegado el faltazo, Emilse y Javier fueron a tomar café al bar de la esquina de San Jerónimo y Boulevard Pellegrini. Ella le había pedido charlar y éste fue el dialogo:
         -Quiero dejar a Ramiro pero no a la orga –habló Emilse en voz muy baja para evitar ser escuchada por otros estudiantes que conversaban alegremente en una mesa cercana a la de ellos.
         -Yo quiero dejar la orga pero no a vos, y menos a vos dentro de ella – contestó Javier mirándola fijamente a los ojos.
         -No veo ningún motivo para abandonar las convicciones; aunque admito que si rompo relaciones con Ramiro, éste me va a hacer la vida imposible, lo conozco.
         -¿Querés motivos para abandonar la lucha armada? Yo te puedo dar muchos, a ver, hagamos un análisis pragmático de los últimos sucesos de nuestra historia: primero, a horas de asumir la presidencia el General NUESTRO líder, le asesinamos a Rucci, su mano derecha, nosotros que nos decimos peronistas ¿peronistas que asesinan peronistas? Bien, ¿el General que hace? Crea la triple A.
-¡Eso ya me lo contaste flaco!
-Está bien, tenés razón, pero permitime que agregue algo más: comienzan a matarnos a nosotros, nuestra conducción nacional se exilia en Europa, huyen como ratas abandonando el barco al garete; en el barco navegamos nosotros.
Seguimos asesinando peronistas en todo el país, acá en Santa Fe la orga ejecutó a Enrique Pelayes de la bancaria y al Diputado Nacional Justicialista Hipólito Acuña.¡Ah! me olvidaba si a Ramiro lo matan o lo meten preso, a vos te van a obligar a emparejarte con un soltero o viudo de la orga, es nuestra ley; y si tenés un hijo y caes, éste  no va a parar con sus abuelos, queda en la orga a cargo de otros compañeros – enumeraba Javier a medida que se vehemencia aumentaba y con un cigarrillo encendía otro.
En el ataque al regimiento de Formosa asesinamos chicos, conscriptos indefensos, sin armas, porque en ese momento se estaban duchando ¿entendés? ¿Te parece justicia popular eso? A todo esto nuestros jefes se llevaron toda la guita de los secuestros a los empresarios y pactaron en Francia con Massera, en medio hubo un millón. ¿Nosotros no contribuimos en gran medida a generar el golpe de Estado? ¡Fuimos uno de los tres motivos causales mi amor! Y la gente, esa que a nosotros nos mienten que representamos, los aplaude a ellos. ¡Todo el pueblo argentino pidió a gritos el golpe! Incluida una parte del peronismo ¡Vamos querida! No le echemos culpas a la CIA ó a la oligarquía. Te cuento algo más; recuerdo haber comprado el diario El Litoral el 24 de Marzo de 1976 y todavía lo debo tener en mi casa; en ese diario leí que el Gobernador de ustedes, los santafesinos, el hombre elegido por Perón, el Dr.Carlos Silvestre Begnis se abrazaba con los militares que venían a derrocarlo, tenía palabras de elogio y les deseaba éxito en su gestión…¡Vamos mi amor!
-Bueno, pero los errores de la orga no son motivos para variar mis convicciones y mi lucha –dijo Emilse ó Sara –Yo no me abro.
-Conmigo te abriste –dijo él riéndose.
-Sí, pero de piernas –aclaró ella también sonriente.
-A propósito de eso…¿Cuándo podríamos repetir la experiencia?
-Lo que pasó entre nosotros aquella noche fue solo una reacción impulsiva, típico instinto animal –aclaró ella acariciándole la mano con una sonrisa burlona.
 Tiempo después y una tarde, cuando finalizaron las clases, Javier salió por la entrada principal de la universidad acompañado de Griselda. Cuando bajaba las escaleras notó que un hombre que simulaba comprar algo en el kiosco frente al establecimiento educativo comenzó a seguirlos, la pareja caminó hasta calle San Jerónimo y luego hasta Boulevard. Javier que conocía las técnicas de seguimiento y contraseguimiento simuló detenerse a mirar la vidriera de un negocio en el Boulevard; sin asustar a Griselda observó que el hombre disimuladamente también se detuvo; y otro hombre más en la vereda de enfrente. Al llegar a la esquina de San Martín y el Boulevard mintió a Griselda que había olvidado una carpeta en el aula  para tener un motivo para regresar, entonces  desviaron hacia el norte media cuadra hasta una cortada que desembocaba en la universidad. Entraron por el acceso de calle San Jerónimo, ella lo esperó en la puerta del aula, él fingió buscar la carpeta y salieron por el acceso de calle 9 de Julio despistando a los seguidores sin que Griselda se enterara; ó eso creyó él.
         Lo sucedido era grave y preocupaba a Javier ¿Quiénes lo seguían? ¿Alguno de los tantos servicios de inteligencia nacional y provincial que operaban en Santa Fe? ¿Miembros de la orga que habían descubierto su identidad policial? Algunas cosas eran seguras, que los vigilaban, lo había verificado, no era paranoia y que faltaba poco para que quienes los perseguían  se decidieran a actuar. Debía abandonar sus recorridos habituales, no debía conducirlos a ningún domicilio y mucho menos al de la casa operativa de la calle Río de Janeiro. Para llegar al hotel adoptaría las maniobras de contraseguimiento y no asistiría a clases por un tiempo. ¿Avisar? ¿A quien?
         Dormía plácidamente Javier en su habitación del primer piso del hotel Atlántico cuando lo despertó el teléfono:
          ¿Quién es? –preguntó
         -Mario, soy Mario, Pablo ¿Qué hiciste? La policía te busca -advertía el compañero de trabajo.
         -¿Cómo que la policía me busca? ¿Por qué me busca?
         Son los de toxicomanía, parece que detuvieron a una chica con drogas, y bueno, vos sabes como es, a la primera cachetada nombró a tres personas y así sucesivamente, hasta que una de ellas te nombró a vos, te van a detener.
         -¡Como se llama la chica?
         -Patricia no se cuanto.
         -Bueno, gracias por avisarme hermano, chau.
         Colgó el tubo del teléfono y lo primero que pensó fue en aquellos que lo habían perseguido ¿serían los de toxicomanía? Inmediatamente se vistió, tomó su bolso y sus armas para dirigirse a la Terminal de Ómnibus, subió al Etacer y viajó a Santa Fe. La premisa era, ante el peligro inminente, poner tierra de por medio y luego preguntar qué había sucedido.
         Llegó a la casa de su amigo Juan Lucas, le contó lo que estaba pasando y le pidió amparo; éste lo tranquilizó diciéndole que allí nadie lo iba a encontrar y que apelaría a sus contactos para averiguar cuál era la situación. A la noche regresó Juan Lucas para contarle:
         -Bueno, detuvieron a Patricia con marihuana, luego a Gabrielita, a Bochi, Tico, a la Turca y a quince más, a vos no te encuentran, te buscaron en tu trabajo y en la casa de tus padres. Están acusados de tenencia y tráfico de drogas, además de corrupción de menores.
         -¿Corrupción de menores? ¿Qué menores?
         -Gabrielita, querido, Gabrielita es menor de edad.
         -¡A la mierda! Es cierto, tiene dieciseis.
         -¿Qué pensás hacer?
         -Hablar con mi jefe y poner un abogado como primeras medidas. Inmediatamente habló con el jefe a quién le explicó lo sucedido y éste luego de insultarlo en todos los idiomas, pero eso sí, en voz baja, le consiguió un abogado prestigioso y lo acompañó hasta la División Toxicomanía. Allí Javier se negó a prestar su declaración indagatoria y quedó detenido e incomunicado. Inmediatamente fue trasladado a la comisaría segunda donde lo alojaron en un calabozo en compañía de un narcotraficante. Una mañana muy temprano fue llevado al Juzgado Federal, allí lo encerraron en una jaula para presos para  luego ser conducido a una oficina donde le informaron que estaba provisoriamente sobreseído en la causa judicial por la tenencia y tráfico de drogas. En realidad jamás había tenido nada que ver con aquel asunto. Al décimo día de detención, muy tarde fue conducido a Palacio de los Tribunales, ante el Juez de Instrucción de turno, donde le recibieron su declaración indagatoria, acusado del delito de corrupción de menores. En el despacho estaban el Juez y Javier ó Pablo, nadie más; el magistrado se mostraba muy interesado por conocer los detalles de las escenas sexuales que habían mantenido Patricia, Gabrielita y Javier en el chalet de la costanera. Cuando la actuación judicial concluyó con la firma del acusado, éste dirigiéndose al juez le dijo:
         -Doctor, esto es una pavada, concédanos la libertad.
Su señoría, un hombre de unos cincuenta años, de voz gruesa, hablar ceremonioso, finos modales y bronceado caribeño preguntó:
         -Rotter ¿qué posibilidades tendría usted de conseguirme una cita con la señorita Patricia?
Asombrado, pero no lento para reaccionar Javier dijo:
         -Sólo permítame hablar con ella doctor.
         -En esa oficina que está detrás suyo, están las chicas, vaya Rotter, vaya.
Javier entró en la oficina y allí encontró a Gabrielita y Patricia quienes lo abrazaron y besaron entre llantos; las habían enviado a la cárcel de mujeres, un lugar espantoso. El varón rápidamente les contó:
         -Mirá Patricia, este viejo quiere salir con vos, si aceptás salimos en libertad ahora mismo ¿Qué le digo?
         -Que lo espero mañana a las seis de la tarde en el bar de la esquina del tribunal.
         -Bien, ya vuelvo.
Ingresó nuevamente a la oficina del Juez de Instrucción para decirle:
         -Doctor, mañana a las seis en el bar de la esquina.
         -Bien Rotter, ahora les van a sacar unas fotos en la Jefatura para identificarlos y luego se van en libertad, los tres.
         -Gracias doctor, le voy a avisar a las chicas.
         Regresó a la habitación contigua, les comunicó la buena nueva a sus amigas y los tres se abrazaron y rieron.
         A los pocos días todos fueron liberados, pero dejaron de concurrir a los lugares que habitualmente iban a bailar y el grupo se dispersó. Javier había perdido su estado policial, la división de asuntos judiciales le había quitado la credencial, las armas y lo habían mandado a la casa hasta que la situación se resolviera y eso demoraría muchos meses. El sabía que no tendría regreso a la fuerza policial ya que internamente la policía lo acusaba de frecuentar personas de dudosa moralidad y eso era motivo suficiente par una inevitable cesantía.
         Para evitar que sus compañeros de la organización guerrillera se asustaran   por su ausencia y adoptaran medidas de seguridad como la evacuación de la casa de Río de Janeiro y otras; mientras estuvo en el chalet de Juan Lucas había llamado a Emilse para contarle brevemente el problema. Quince días después ambos  se encontraron en el bar de la esquina de la universidad, sobre el boulevard. Él la esperaba sentado en una silla de las que rodeaban la mesa más escondida del local junto a una pared, al final de la barra y al lado de la puerta del baño. Cuando ella llegó, él se levantó con la intención de besarla en la mejilla pero ella apretó fuertemente con sus manos las de él y lo besó en los labios, visiblemente emocionada. Javier le relató la experiencia vivida y Emilse, Sara ó la santa (fesina) le dijo que habían recibido la orden de contactarse con otras unidades básicas de combate para ejecutar una operación nacional. La tarea consistía en citas en la vía pública reconociéndose los terroristas mediante contraseñas.
         La primera cita se había establecido para las cuatro de la tarde en la plaza España, en el banco que daba la espalda al bar Tokio. Javier llevaría una lapicera de color negra en la mano derecha y el soldado montonero que lo contactaría una caja de zapatos envuelta en papel celeste. Llegó al lugar  cinco minutos antes (luego ampliaría ese margen) y se sentó en el banco de madera debajo de un gigantesco gomero. Esperaba a su contacto con la birome en la mano derecha cuando en el otro extremo del banco se sentó una hermosa joven de unos veintitrés o veinticuatro años, rubia de ojos claros y cabello corto. Traía una bolsa de plástico; él pensó que la inoportuna niña estropearía la cita clandestina y ya se disponía a levantarse cuando ella sacó de la bolsa una caja del tamaño de las de zapatos forrada en papel afiche celeste. Lo miró a los ojos y le dijo:
         -¿Cuándo y dónde es la reunión?
         -El 28 a las veinte en Ecuador 3651.
         -Bien, nos vemos allá, chau.
         -Chau, saludó Javier.
         La cita siguiente la cumpliría Emilse a las diez de la mañana en la esquina de 9 de Julio y Junín, en la parada de colectivos. Su marca consistía en llevar en la mano izquierda una carpeta roja y un paquete de cigarrillos Jockey Club, la de su contacto una revista Gente. Javier no tenía porqué participar; pero ese día se despertó a las seis de la mañana en la casa de Río de Janeiro con la intuición que algo malo iba a suceder. Resolvió dirigirse al lugar en que Emilse debía concertar su cita media hora antes, para chequear la zona. Entró al área de riesgo caminando desde la calle 1º de Mayo, pasó por la escuela Industrial Superior y siguió por Junín pasando 9 de Julio, nada raro. Giró en San Jerónimo hasta Suipacha y desde allí regresó a 9 de Julio para comenzar a caminar hasta la esquina de la cita donde Emilse esperaría su contacto. Para pasar desapercibido llevaba varias bolsas de supermercado, como si estuviera haciendo las compras para el almuerzo y caminaba al ritmo en que lo hacen los transeúntes a esa hora, un andar bastante apurado. De pronto los vió, un hombre en la parada del colectivo miraba ilógicamente en dirección contraria a la circulación del tránsito, un Ford Falcon gris con dos hombres en su interior avanzaba por 9 de Julio más lentamente que el resto de los coches y un albañil picaba ladrillos en la vereda  con absurdas manos de pianista. Esos detalles solo un hombre de la inteligencia podía advertirlos. Al percibir la trampa sintió la adrenalina fluir, el miedo que paraliza, el sudor frío; no estaba armado y el cerco no era para él, pero era para su amada, cuando vio a Emilse cruzar ingenuamente calle Junín para encontrarse con su contacto en la parada de ómnibus, el corazón pareció ametrallarle el pecho. Se apuró y antes  que ella llegara al sitio de la parada de micros, se detuvo frente a ella levantó sus brazos y le gritó:
         -¡Coca! ¡Qué decís! ¿Como te va prima?
         Ella se sorprendió al verlo allí, sin entender lo que sucedía pero segura de que se trataba de algo malo quedó paralizada boquiabierta, sin reaccionar, ni siquiera pudo hablar. Javier con gran ampulosidad, dejó sus bolsas en el piso, la abrazó y cuando simuló besarla le dijo al oído
         -¡Es una trampa!
         Con gestos aparatosos, señaló la dirección contraria al lugar que ella se dirigía y hacia allá se la llevó abrazada y conversándola a los gritos preguntándole por el tío Pepe. La cita estaba envenenada, seguramente la persona que debía encontrase con Emilse había sido capturada por el enemigo y éste o ésta habían cantado la cita. Muy asustados ascendieron a un ómnibus de la línea cinco, al sentarse en un asiento doble, él comprobó que ella, presa del pánico se había orinado los pantalones. Como buen caballero se quitó la campera y se la anudó en la cintura tratando de impedir que la mancha húmeda se vea. Entonces ella apoyó su cabeza sobre el hombro de Javier, puso su mano sobre el pecho de él y lloró.
         A Javier le correspondía asistir a la próxima cita dos días después en la plaza Alberdi, su contacto, una persona con maletín marrón y en él adherida una calcomanía roja y negra.
         Pepita era morocha, petisa y menudita, de cabello corto negro y duro, usaba zapatos con taquitos para elevar su estatura, pantalón de vestir, pulóver y campera de cuero; en la organización ostentaba el grado de aspirante. La inteligencia no era su virtud, la sustituía con su audacia, convivía con Pipi, Oficial Montonero del Frente Sindical con quién compartía una casita alquilada en el barrio Candioti de Santa Fe. Los dos pertenecían a una Unidad Básica de Combate pero en la superficie decían militar, ella en la Juventud Universitaria Peronista y él en la Juventud Trabajadora Peronista. Desde un tiempo atrás alojaban en su casa por imposición de la orga a uno de sus combatientes escapado de Buenos Aires. De allí debió huir al haber muerto su esposa en un enfrentamiento con el ejército, por esa razón su responsable zonal lo había enviado a Santa Fe, su nombre de guerra era Esteban y su grado Miliciano.
         Una lacónica caravana de tres coches transitaba lentamente por la Avenida Boulevar Gálvez a la altura del Sanatorio Rivadavia en dirección al Oeste. En el primer auto un Torino color gris viajaban tres hombres de rostros severos. Los que ocupaban el asiento del conductor y del acompañante en el piso del coche, entre sus pies traían armas largas, dos M 16 Americanos. Al asiento trasero lo ocupaba un hombre desarmado, era el buche, un Montonero que para salvar su vida ahora era colaboracionista de la inteligencia militar, vil tarea de marcar a sus ex compañeros en la calle. Los otros dos coches, un Ford Falcon celeste y un Renault 12 marrón transportaban seis hombres también fuertemente armados que se comunicaban con el primer auto con Wakies Talkies, ocultaban su identidad con anteojos oscuros, pelucas, bigotes y barbas postizas que les imprimían un aspecto simultáneamente siniestro y ridículo. El buche observaba con atención a través de la ventanilla trasera del Torino semioculto recostado en el asiento. Cuando estaban por llegar a la calle Güemes gritó:
         -¡Esa! –Y señaló una joven que esperaba el colectivo en la esquina, era la morocha Pepita. El hombre del asiento del acompañante alertó a los otros móviles por radio:
         -La mina que está sola en la parada del micro ¡Vamos! Cuando Pepita quiso escapar se dio cuenta que ya era tarde para intentarlo, miró a su derecha y vio un coche que le impedía correr para ese lado, miró a su izquierda y comprobó lo mismo. Cuando los tres hombres del segundo coche de la caravana descendieron para atraparla comenzó a gritar:
         -¡Vecinos! ¡Vecinos! ¡Soy Ester Gómez! ¡Me secuestran! Rápidamente la subieron a un auto a las trompadas.
         Al rato y sin transpirar los militares obtuvieron de Pepita lo que necesitaban, un domicilio. Allí se dirigieron apoyados por una camioneta Ford F 100 con ocho soldados conscriptos y un Oficial a cargo, todos armados con fusiles FAL.
         Enterarse que alguien la había traicionado, que el enemigo conocía mucho sobre ella, la frustración de no haber podido empuñar la pistola que llevaba en su cartera, dos cachetadas y el amague de una tercera convencieron a Pepita que debía proporcionar a sus captores la dirección de la casa de la organización que ella habitaba junto a Pipi y Esteban. Reforzaban su decisión el caño de la pistola que se apoyaba en su nuca y la certeza que Pipi, su pareja, estaba lejos de la casa. Las fuerzas del Ejército Argentino rodearon la vivienda y las casas vecinas, con un megáfono intimaron a los ocupantes de la casa de calle Castellanos a salir con los brazos en alto. Así salió rápidamente Esteban, el escapado de Buenos Aires, un gordito de cabello ondulado castaño oscuro, de labios gruesos, barba de tres días y aspecto bastante sucio.
         En el cuartel los hombres de la inteligencia se disponían a interrogarlo, por las buenas ó por las malas y nadie nunca había soportado las malas, cuando Esteban encapuchado y esposado a la espalda preguntó a sus captores:
         -¿No tendrían un pedazo de pan?
Los servilletas se miraron desconcertados y sonrientes, de pronto uno de ellos le dijo:
         -¿Tenés hambre?
         -Sí, hace dos días que no como –afirmó Esteban –Estos hijos de puta de Pepita y Pipi gastaban el dinero de la orga para comprar revistas de oligarcas y burgueses como Gente y Siete Días y a mí me daban para comer arroz hervido.
         -Bueno, vamos a hacer una cosa –Dijo un flaco narigón –Nosotros te damos de comer y te tratamos bien y  vos nos contás todo lo que queremos saber ¿Estamos?
         -Sí señor, entiendo cual es mi situación y no quiero que me torturen.
         Le prepararon un sándwich de milanesa enorme, aderezado con mayonesa, instrumentos de tortura altamente eficaces a la hora de interrogar glotones. No había terminado de engullir el sándwich y ya les había dado el lugar y la hora para encontrar a Pipi. Era el mediodía en la plaza Alberdi, conocían el perfil y la señal, complexión mediana, estatura también mediana, sin bigote ni barba, cabello lacio corto, treinta años y maletín marrón con calcomanía roja y negra. Siempre llevaba una pequeña pistola calibre 7,65 escondida un poco más arriba del tobillo izquierdo, Esteban no había dejado detalles sin mencionar. Javier, conociendo el modo de operar de los verdes siempre aparecía media hora antes por el lugar de las citas, observaba el terreno, se retiraba y regresaba diez minutos después de la hora establecida para los encuentros. Cuando Pipi apareció en la plaza, Javier no había regresado de la primera incursión, era la hora doce. Los agentes secretos se habían mimetizado entre la masa de peatones que en ese horario pululaban la plaza, empleados de comercio, jubilados, escolares, algunas prostitutas diurnas y vendedores ambulantes. Un vendedor de pochoclo y un hombre alto y fornido vestido con uniforme de cartero del correo argentino se acercaron a Pipi por detrás, el cartero lo abrazó apretándole los brazos con gran fuerza y de tal manera que sus pies quedaron suspendidos en el aire. El vendedor de pochoclo se paró frente a él y previo puñetazo en el estómago le quitó la pistola que escondía bajo su pantalón. El Oficial montonero fue  arrastrado, pateado y sometido a una lluvia de golpes para ser introducido finalmente en el auto de los agentes secretos y acostados en el piso de la parte trasera esposado con las manos en la espalda y encapuchado. Cuando habían recorrido tres cuadras un olor fétido inundó el interior del coche causando la ira de los agentes secretos que insultaban a Pipi por no haber controlado su esfínter.
         Cuando Javier llegó a la plaza, diez minutos después de las doce disimuló su presencia confundiéndose entre un grupo de personas que esperaban el micro en la parada sobre calle Rivadavia. Al no visualizar a su contacto, supo que algo andaba mal, ascendió al ómnibus de la línea nueve y desapareció.
         A pesar de las caídas los grupos contactados se reunieron en la casa operativa de la calle Ecuador, sede del servicio de documentación del clandestino ejército montonero, allí estaban los cuatro equipos, incluidos Ramiro, Emilse y Javier. Las anfitrionas eran Patricia, joven como casi todos ellos, de origen burgués, cuya familia habitaba en el residencial barrio Guadalupe, tenía la belleza que otorga la juventud y Susana con quién vivía en ese departamento, al final de un pasillo, una rubia histérica oriunda de la ciudad de Esperanza, decían trabajar de enfermeras, hasta colocaban algunas inyecciones a los ancianos vecinos. La obsesión de la rubia era de qué manera romper el cerco si intentaban detenerla, la paranoia la había atrapado antes que los militares, llevaba siempre en su cartera una pistola y granadas. Los asistentes se ubicaron en el comedor, bastante apretados, algunos sentados en sillas, otros en el suelo y otros en pié. Para exponer el plan de la operación nacional para la que habían sido congregados se plantó ante ellos un misterioso hombre alto, grandote, de voz muy gruesa elegantemente vestido de traje y corbata que se presentó como el Oficial Superior Marcelo que así habló:
         -Compañeros y soldados del ejército montonero, la conducción nacional, cumpliendo los planes tácticos establecidos ha decidido ejecutar una opereta a la que hemos denominado Moisés. Esta consiste en un atentado con explosivos para destruir completamente el túnel subfluvial Hernandarias que une, como ustedes saben, las ciudades Paraná y Santa Fe por debajo del río Paraná. El plan se ha dividido en seis etapas: Obtención de los elementos necesarios, relevamientos, en esta etapa contaremos con la ventaja que unos de nuestros soldados viaja de Lunes a Viernes desde Paraná hacia Santa Fe (Javier entendió que se refería a él), contención y distribución, ejecución, repliegue de las tropas y evacuación y por último control y evaluación de los resultados. Nuestras tareas previas serán alquilar un galpón cerrado, en él guardaremos los elementos, prepararemos un camión del tipo Ford 350, que hay que expropiar y camuflar con el logotipo de la empresa Dirección Provincial de la Energía (DEPE), además le fabricaremos un cerramiento de lona. Este camión llevará en la caja seis tanques para agua de fibrocemento, que hay que comprar en un negocio de venta de materiales de construcción aduciendo que son para un barrio que se está construyendo. Dentro de esos tanques colocaremos dos toneladas de amonita y estarán unidos por un cordón de pentrita de 6 milímetros para que exploten simultáneamente. A esto le agregaremos dos tambores de doscientos litros de nafta súper con gasoil para propagar el incendio posterior y darle espectacularidad al atentado ya que por las entradas del túnel saldría una gigantesca bola de fuego y humo a la vez que una inmensa masa de agua lo estaría inundando rápidamente. Por supuesto a la acción la vamos a filmar para mostrarla en Europa, demostrar nuestra capacidad de ataque y poner en evidencia la debilidad de la dictadura. Ahora veamos algunos detalles de la opereta; el túnel está enclavado a dos metros por debajo del lecho del río Paraná y así lo construyeron para que legalmente pertenezca a la jurisdicción de ambas provincias, sí hubiera sido construido sobre el lecho del río, es decir apoyado en él, la legislación determinaría que se trata de una obra pública nacional. Con respecto al camión, este estará provisto de una tolva para direccionar la explosión y para construir dicha tolva recurriremos a una empresa metalúrgica de la organización que la fabricará utilizando chapa cilíndrica de media pulgada. No me voy a extender más en los detalles técnicos porque ustedes deben conocer sólo  lo estrictamente necesario. Las acciones se llevarían a cabo de la siguiente manera: Se efectuarían mientras Argentina este disputando el primer tiempo de su partido de fútbol frente a Perú, el día 22 de Junio debido a que todo el país estará mirando el partido y además será de noche, el tránsito por el túnel será escaso.
         Esta circunstancia también provocará que los controles policiales estén distraídos observando si Argentina clasifica o no, sabemos que en Santa Fe habrá pocos policías ya que muchos serán trasladados a Rosario para garantizar la seguridad del estadio de Rosario Central. Realizaremos maniobras de distracciones en Paraná y en Santa Fe y coparemos los puestos policiales de ambos accesos al túnel. El camión será conducido por un soldado que lo estacionará exactamente en  medio del túnel, este accionará allí el dispositivo de relojería y será recogido por otro compañero que conduciendo una motocicleta de alta cilindrada lo sacará del túnel. En el puente sobre el río Colastiné atravesaremos un camión simulando un accidente para impedir el tránsito. Del lado de Paraná, donde el camino de ingreso al túnel hace un rulo, arrojaremos clavos miguelitos y colocaremos trampas explosivas con idéntico propósito. La explosión provocará que las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones queden sin telefonía, no obstante la policía podrá operar por radio. La retirada de nuestras tropas se efectuará en cuatro coches y la moto hasta un lugar en la costa paranaense y desde allí seran llevados en lanchas hasta un punto muy lejano donde se dispersarán. El armamento que se utilizará consistirá en pistolas con dos cargadores de repuesto para cada combatiente, granadas SFM4, fusiles FAL provistos de tromblones con granada de fragmentación de 40 milímetros de largo alcance SFM- G 40 DP. Nuestros soldados vestirán el uniforme del ejército montonero y los oficiales las insignias que los identifiquen. Por ahora es todo lo que deben saber, progresivamente se les impartirán órdenes para completar todas las etapas. ¿Alguno de ustedes quiere formular una pregunta? – finalizó el monólogo de la planificación el Oficial Superior.
         -Sí- dijo uno de los presentes -¿Si aparecen tropas enemigas en alguno de los accesos al túnel?
         -Si aparece el enemigo los equipos de contención presentarán combate, para eso llevarán suficiente armamento-
         -Contestó el disertante.
         -Bien, una pregunta más ¿en qué lugar nos colocaremos los uniformes?- agregó el mismo hombre.
         -Lo llevarán puesto debajo de las ropas de civiles que se quitarán en el momento de comenzar las acciones.
         -Bueno, si no hay más preguntas, finaliza la reunión, ya conocen las medidas de seguridad, para retirarse de esta casa deben hacerlo de a dos compañeros y con una frecuencia de 10 minutos.
Luego de aquella reunión en la casa de la calle Ecuador, Javier, asustado y muy preocupado razonaba en la soledad de su habitación del hotel: Las cosas habían llegado demasiado lejos, un atentado de aquella envergadura acarrearía consecuencias devastadoras, sobrevendría una persecución represiva implacable por la que muchos de los participantes del atentado morirían, sino todos. Él podría salvarse alejándose a tiempo, pero desesperaba por Emilse, debía hacer algo, algo como apartarla de la orga, pero eso significaba otro riesgo seguro, los montoneros la condenarían a muerte por desertora y peligrosa por la información que conocía. Pero… sí, estaba decidido, ambos iban a salvarse, como, con qué medios y cuando eran las cuerdas del nudo gordiano que debía desatar; libraba una batalla contra el tiempo y su Ganímedes era como persuadir a Emilse.
         Encendió un cigarrillo, destapó una cerveza negra y se sentó en la cama apoyando su espalda en la almohada, en el televisor proyectaban un film de la segunda guerra mundial; los maquis los buenos, combatían contra los malos, de la gestapo. Intentó imaginar como serían las películas invirtiendo los roles de buenos y malos, pues así se verían si los alemanes hubiesen ganado la guerra. Indudablemente al imaginario colectivo lo fabricaban los ganadores y el público sólo compra lo que ve, lo que le ofrecen. Reflexionó que muchos en ese momento, como él, eran testimonios y algunos protagonistas, de la guerra fría, la continuación de la segunda guerra mundial, para algunos la tercera guerra mundial. Se preguntaba, cuando concluyera ¿Qué rol le tocaría en los guiones de las películas?
         Esos pensamientos lo llevaron a recordar aquel insólito episodio cuya fecha no podía olvidar por la casual y curiosa cadena de números siete; se había producido un día siete, del mes siete del año setenta y siete. Pero más lo recordaría por la asombrosa comprobación que lo sumergió estupefacto en el túnel del tiempo y en las páginas más dolorosas de la historia de la humanidad. Había llegado a la terminal de ómnibus de  Santa Fe para regresar a Paraná una madrugada lluviosa, estaba extenuado y ello acentuaba el frío. Caminaba con su bolso a cuestas por el acceso Norte junto a las plataformas donde estacionaban los ómnibus de larga distancia. La lluvia lo salpicaba, rebotaba en el piso con violencia y bailando la danza que proponía el viento le mojaba las zapatillas y los pantalones. La estación descansaba casi desierta cuando arribó el coche de la empresa La Internacional que, proveniente de Buenos Aires, transitaba las rutas argentinas con destino a la ciudad de Asunción, en Paraguay. Un grupo de adormilados y endurecidos pasajeros descendían y entre ellos uno que le llamó la atención porque caminaba con gran dificultad, rengueando, era un hombre de unos setenta años o más tal vez, que se protegía de la lluvia sosteniendo un portafolio sobre su cabeza.
         El rengo, Javier y el grupo de pasajeros que hacían escala en la ciudad cordial para estirar las piernas, beber algo caliente y utilizar los sanitarios, entraron presurosos al bar de la estación. Javier se desparramó en una silla de la mesa junto a la ventana y solicitó al mozo un café mediano bien caliente, desde allí podía ver el amplio vestíbulo adornado con plantas y un cuadro muy grande que representaba la fundación de Santa Fe  de la Vera Cruz. El hombre rengo ocupó una mesa junto a él, en soledad, cuando el mozo se acercó le pidió té negro con medias lunas en un notable acento alemán. Mientras esperaba el pedido parsimoniosamente abrió el maletín y sacó un  libro que apoyó en la mesa, su título, indescifrable para Javier, estaba impreso en idioma alemán. El joven oficial de la inteligencia federal observó con curiosidad y detenimiento al hombre, su rostro le resultaba familiar pero no recordaba de donde, no, no era posible.
Cuando varios minutos se habían consumido implacablemente, giró la cabeza, apoyó su cara en el puño y el brazo en la mesa para mirar al anciano casi irrespetuosamente otra vez. Examinaba ese cráneo calvo justo hasta la mitad, el cabello oscuro, mal teñido y desprolijamente crecido y salpicado se canas en las patillas, la nariz recta, los bigotes oscuros sospechados de tintura y las dos arrugas que surcándole la cara nacían en la nariz y morían en los labios. Memoria e intuición amalgamadas encendieron una luz roja en el cerebro de Javier que le confirmaba que esa cara era conocida, pero, ¿adonde la había visto? El sujeto mojaba las medialunas en el té y las engullía ávidamente mientras ojeaba el libro sin importarle lo que sucedía alrededor. En un momento dado llamó al mozo, abonó lo consumido y le solicitó que cuidara sus cosas que quedaban sobre la mesa mientras iba al toilette; salió de allí caminando despacio atormentado por la renguera atroz que atentaba contra su estabilidad.
Cuando apareció otra vez en el bar, los choferes de La Internacional seguidos por los pasajeros se disponían a continuar el viaje. El misterioso mortal abrió su portafolio, introdujo el libro, tomó el sobretodo que había colgado en la silla, lo dobló prolijamente sobre su brazo izquierdo y marchó balanceándose como un pato hacia la plataforma donde el micro calentaba el motor. El enorme ómnibus que emergía fantasmal desde la oscuridad de la noche desierta, entre la lluvia helada, el viento enloquecido y el humo del escape, hizo dos lentas maniobras y partió rumbo a Asunción. El enigma de aquella madrugada desapacible fue rápidamente olvidado por Javier.
Había pasado algo más de un mes cuando en un kiosco de revistas, llamó su atención el gran titular de un diario de Buenos Aires, se detuvo a leerlo: Encontraron muerto en paraguay al carnicero de Riga, debajo desarrollaba la noticia: El ex capitán y jefe de la SS Eduard Roschmann responsable de la muerte de decenas de miles de judíos durante la segunda guerra mundial, cuya captura se solicitaba falleció victima de un infarto a los sesenta y nueve años en un hospital. Había ingresado al país, proveniente de Argentina con documentos a nombre de Federico Wegener, sólo poseía un maletín, una valija y un libro en alemán, confirmaban su identidad además de sus huellas dactilares el detalle de faltarle cinco dedos de los pies.  No continuó leyendo el texto de la noticia, observó la fotografía del cadáver que yacía  acostado sobre una mesa de la morgue paraguaya. Asombrado comprendió todo, lo había visto dos veces, la primera en el álbum de personas cuya captura era requerida internacionalmente, en el servicio de inteligencia federal… y la segunda aquella noche fría y lluviosa en la terminal de ómnibus de Santa Fe, había conocido personalmente al carnicero de Riga.
         Las tareas preliminares para llevar a cabo la operación Moisés se realizaban en forma compartimentada, cada uno hacía y era responsable de lo que se le había ordenado. El galpón se había alquilado a una inmobiliaria con documentos falsificados, en su interior se acondicionaba un  camión expropiado en la ciudad de Santo Tomé, bajo la supervisión de un ingeniero de la orga, que ingenieros tenía de sobra. Los explosivos llegaron disimulados en bolsas de cemento, las armas dentro de un ropero y los uniformes y los equipos de comunicación en cajas de cartón.
Javier era el encargado de estudiar el objetivo en sus mínimos detalles, los controles policiales camineros en el trayecto de aproximación, ataque y retirada, establecer cuantos policías habría el día y a la hora que se dinamitaría el túnel, armamento que poseían y cantidad de patrulleros. Tenía que confeccionar un plano con la ubicación de las cámaras del circuito cerrado de televisión con que se monitoreaba el titánico ducto y cronometrar los tiempos que demorarían los coches atacantes. Cumplía las órdenes de los terroristas para tener informes parciales que   exhibir si se los pedían, aunque había decidido no entregar nunca la planificación completa, antes actuaría, necesitaba tiempo.
Mientras tanto volvió a reunirse con las chicas y los muchachos del boliche La Belle Époque, en un bar de la calle principal de Paraná, siempre de noche. Patricia, Gabrielita y Lali estaban obsesionadas con que los agentes de toxicomanía las vigilaban y cuando estaban drogadas peor. La turca no, a ella no le importaba nada. Las muchachas bebían, charlaban y reían, deliberadamente exhibían la belleza de sus años jóvenes con faldas demasiado cortas y generosos escotes que no pasaban desapercibidos para la clientela masculina del lugar. Pero  los pensamientos no dejaban de atormentar a Javier, su situación era peligrosa al extremo: un policía haciendo de montonero contra muchos montoneros  haciendo de policías. Había quedado envuelto en una telaraña a la que lo había conducido una joven que creía en la épica revolucionaria. ¿Todo era un engaño, una trampa para engancharlo en la orga en la que había caído como un novato? ¿Ella se había acostado con él sólo para captarlo? No, él había sentido la química que entre ellos fluía y de mujeres sabía mucho, seguramente Emilse era una guerrillera enamorada, el problema era que él también estaba enamorado de ella .Javier sonreía cuando recordaba que el código de justicia revolucionaria de los montoneros penaba las infidelidades.
          Una siesta soleada, él la invitó a caminar por el parque General Belgrano, en el barrio Sur de Santa Fe, allí yace un lago enmarcado por un terraplén que lo separa del río y por una arboleda majestuosa en la otra orilla. Recorrerlo significaba apreciar los regalos que el trayecto obsequia: el aire puro, el anfiteatro, los silos, gigantes custodios del puerto, el club náutico El Quilla, las construcciones de la época colonial como el convento de San Francisco, los dos museos y junto al colegio de la Inmaculada Concepción la iglesia Nuestra Señora de los Milagros, única edificación que trescientos años atrás alojó a la orden de la compañía de Jesús. Allí se venera el cuadro de la pura y limpia concepción que en el año 1636 manaba agua en abundancia, un milagro.
Caminaban aparentemente distraídos, pero sin dejar de mirar de reojo a los automóviles, paranoia refleja del temor permanente al secuestro, a la caída en manos del enemigo, a la prisión, a la tortura y a la muerte.
-Emilse, en las revoluciones y en las guerras civiles llega un   momento en que las personas se dan cuenta que han roto de  manera irreversible con la vida que llevaban.
         Hay decisiones y acontecimientos extremos después de  los cuales no se puede volver atrás.- afirmó Javier-.
-¿Esto que significa? ¿Otra vez me vas a pedir que me abra? Dijo ella sin increparlo, sino con una dulce resignación.
- La situación está muy peligrosa, la orga pierde de diez a doce compañeros por día, solo quiero que lo pienses nada más.
- Si el planteo es continuar la guerra revolucionaria también es el mío, si consiste en abandonarla me decepcionarías porque vos  sos el modelo de hombre con el que siempre he soñado, no te imagino cobarde.
- Cuando querés sos  muy dura vos… tendré muchos defectos, pero ese no y vos sos mi mejor testigo, pero tampoco soy boludo y se que no podemos luchar contra semejantes poderes sin otras armas que nuestros sueños.
- El Che no pensaba lo mismo.
- El Che, señorita, no fue ningún idealista, así como asesinó al campesino Eutimio Guerra porque sospechaba que era un traidor, fusiló cerca de mil prisioneros de guerra en la fortaleza La Cabaña en Cuba, mi amor no compres la novela romántica porque ningún idealista se queda con la vida de otro. El verdadero revolucionario es el que logra mover las pesadas estructuras de la sociedad hasta lograr su transformación profunda; pero si fracasa fortalece el sistema que pretende cambiar y se convierte en reaccionario.
- Nuestro ejército vencerá Javier.
-¡Boluda! ¡En la escuela de mecánica de la armada hay como cien traidores de la inteligencia montonera que desde el año pasado trabajan para el proyecto político de Massera!
-¿Y vos cómo lo sabes?
- Menos vos, lo sabe todo el mundo- dijo fastidiado y cerrando el diálogo.
A cuarenta kilómetros de allí la aspirante montonera Susana se despidió de sus padres cariñosamente como siempre lo hacía, pensando que tal vez podía ser la última vez que los vería. Caminó las dos cuadras hasta la estación terminal de ómnibus de Esperanza, esperó unos minutos sentada en el banco junto a la dársena hasta el arribo del coche de la empresa NECE. Era la hora once de aquel día de cielo despejado cuando el ómnibus llegó al cruce de las rutas setenta y once. Al pasar por el control de la policía caminera miró a través de la ventanilla y detectó un automóvil que seguía al colectivo. Su paranoia, lo que siempre había temido estaba allí, el enemigo se disponía a atraparla; sus pulsaciones se aceleraron, la adrenalina fluía presurosa, los pensamientos eran un revoltijo. ¿Había llegado el momento de morir? Antes mataría a todos los que pudiera. ¿Había sido feliz? Le hubiera gustado tener un esposo, hijos también, por supuesto. ¿Cómo hubieran sido sus hijos? ¿Quiénes la recordarían con el paso del tiempo? ¿Cómo la juzgarían sus padres? Seguramente la perdonarían. ¿Y su hermano mayor? Ese no. Pero ahora debería dejar de pensar en esas cosas y ordenarle a la mente concentrarse en recordar las técnicas que aprendió de aquel instructor cubano, que no estaba tan mal. Meter la mano en el bolso, sacar la chaveta de la granada, montar la pistola, improvisar una ruta de escape, visualizar el enemigo y atacarlo primero. Cuando el transporte interurbano llegó a la esquina de Suipacha y 25 de Mayo en Santa Fe, antes que arribe a la terminal de ómnibus descendió y rápidamente ascendió a un micro de la línea tres, debía moverse. Se sentó en uno de los asientos del fondo, al cabo de una cuadra se dio vuelta para mirar, el Falcón ahora perseguía al micro; indudablemente ella era el blanco, la presa que huía asustada.
El colectivo color rojo transitaba el microcentro  de la ciudad de Santa Fe  cuando desde el Falcón partió una orden:
         -Jorge, adelántate dos cuadras, bájalos a Tito y a José para que suban al coche como si fueran pasajeros y esperen hasta que llegue al barrio centenario, ahí la bajamos.
En la esquina de Lisandro de la Torre y 25 de Mayo los dos hombres de la inteligencia militar vestidos de civil hicieron señas al colectivo. Este se detuvo y subió Tito, José quedó parado en la escalerilla. Tito era novato, jamás había participado en acciones de esta naturaleza, sólo había escuchado relatos que lo entusiasmaron para solicitar su ingreso al grupo especial. No tuvo mejor idea que desoír la orden y actuar por iniciativa propia o tal vez de la orden impartida solo escuchó subir al colectivo.
         -¡Pare el coche!- ordenó al chofer mientras blandía la 45 en la mano.
El chofer quedó paralizado, Susana ya tenía en su mano izquierda la granada SFM 4 sin la anilla de seguridad y la palanca apretada. Sin levantarse del asiento con su mano derecha apuntó la pistola Brownning a la cabeza del Sargento del ejército Argentino y disparó. La explosión del balazo dentro del micro fue de tal magnitud que sonó como si un rayo hubiera impactado al colectivo. Tito voló de espaldas con un agujero sanguinolento en la frente arrastrando consigo a José, ambos cayeron en la vereda. El chofer, preso del pánico se levantó de su asiento intentando bajar del coche para escapar, Susana lo mató en el acto con un disparo en la espalda, la gritería era total. Ella caminó rápidamente por el pasillo del coche mientras observaba a través de las ventanillas tratando de encontrar la posición de sus atacantes. Pasó por encima del cadáver del colectivero luego por encima del de Tito que yacía en la vereda; José había huido despavorido, no era tan valiente cuando eran otros los que tiraban. La guerrillera arrojó la granada sobre el capot del Falcon y la explosión  desarmó el automóvil destruyendo también la parte trasera del micro. Los ocupantes del auto alcanzaron  a escapar dos segundos antes de que la granada estallara. Ella cruzó la calle corriendo y disparando su pistola a derecha e izquierda. La batahola hizo que el portero del garage oficial de la gobernación vestido con un mameluco azul se topara con la guerrillera, quién creyendo ver un uniforme policial lo mató. Estaba logrando romper el cerco correr, correr ¿Cuánto faltaba? Cinco o seis segundos de esa alocada carrera para llegar a la esquina, doblar y salvar la vida cuando sintió un golpe en la nuca, su cabeza se inclinó involuntariamente hacia adelante; vio sus piernas moverse como las de una marioneta, eran cómicas. Las baldosas grises de la vereda se acercaban en cámara lenta hacia su cara hasta pegarse a ella, entonces pensó: ¿Quién pinta las baldosas de carmesí?
         Cuando el reloj de la pared del comedor marcó la hora doce en el departamento de calle Ecuador, Patricia comenzó a preocuparse. Quince minutos después recorrió todas las habitaciones en busca de aquellos papeles con anotaciones relacionadas a la organización y los guardó en su cartera. A la hora doce y treinta estaba alarmada. ¿Había caído Susana en manos del enemigo? A la una, apagó el último cigarrillo en el cenicero, había expirado el tiempo del margen de seguridad, debía proceder según las instrucciones. Tomó su bolsa y las llaves, cerró el departamento y ocultó las llaves. Caminó hasta la avenida López y Planes y ascendió a un coche de la línea cinco. Descendió en el boulevard Pellegrini, buscó un teléfono público y llamó a Ramiro para avisarle que el servicio de documentación había sido levantado al no haber regresado Susana. También le indicó la ubicación de los documentos que quedaban escondidos en la casa y adonde había ocultado las llaves. Porqué cometió la tontería de ir a esconderse  en casa de sus padres nunca nadie se lo explicó, ni ella. Cuando llegó, un militar le abrió la puerta, la estaba esperando y se la llevo detenida.
Las fuerzas de seguridad, en un operativo conjunto allanaron el departamento de la calle Ecuador con gran alharaca, en la vereda de enfrente los vecinos se amontonaron para curiosear. En primer lugar ingresó la brigada de explosivos  que revisó minuciosamente puertas, ventanas, cajones y el sistema electrónico para detectar trampas explosivas llamadas cazabobos. Luego lo hicieron los especialistas en ubicar embutes, lugares ocultos donde los terroristas escondían armas, uniformes, explosivos, dinero ó documentación. Con unos palos golpearon pisos, paredes y techo con gran detenimiento, centímetro a centímetro, no encontraron nada que sonara hueco. Por último entraron los analistas de textos, no había ningún papel con planos, nombres, direcciones o números telefónicos. Cuando todos se fueron desilusionados la comisaría sexta destinó un hombre apostado en el pasillo que al tercer día se fue. Al cabo de una semana, la organización garantizando que el lugar ya no era vigilado, ordeno a Ramiro levantar el embute y éste preso de sus celos, se lo ordenó a Javier, Ramiro especulaba que si aquel caía en poder del enemigo Emilse ya no tendría a quien admirar y a él nadie le iba a cargar la culpa, órdenes eran órdenes.
Los vecinos de barrio Barranquitas centro eran en su mayoría personas de edad madura que de noche temprano se encerraban en sus casas a mirar televisión. Los únicos negocios de la cuadra de Ecuador al 3600 eran la sodería de Miani y el local donde reparaba televisores Choli,  cerraban a la hora veinte los dos.
La medianoche y el frío aseguraban a Javier la ausencia de testigos además la orga le había garantizado que el lugar no era vigilado por la represión. Entró al pasillo caminando con naturalidad, buscó las llaves en la plantera indicada, ingresó y encendió una linterna para no llamar la atención con las luces de la casa. Se arrodilló en el piso de mosaicos de granito de colores marrón negro y blanco; con la ayuda de la luz de la linterna buscó en la cocina, junto a la mesada un cuadrado formado por cuatro baldosas que tenía dos manchitas casi imperceptibles a los costados. Abrió el bolso deportivo que había llevado y sacó dos rayos de ruedas de bicicletas, los atornilló en las manchitas –eran tuercas disimuladas- y levantó las cuatro baldosas pegadas que en realidad eran la gruesa y pesada tapa del embute.
En el interior del pozo de cemento de ochenta centímetros de profundidad, dormía una bolsa plástica repleta de documentos de identidad, pasaportes y documentación de automotores, todos en blanco y vírgenes, además sellos, almohadillas y tintas. Sacó un documento nacional de identidad, un pasaporte, dos sellos y los guardó en el bolsillo interior de su campera. Cerró nuevamente el embute, puso la bolsa plástica y los rayos de bicicleta en su bolso, cerró la puerta, dejó las llaves donde las había encontrado y partió.
         Los militares tenían la dirección que había cantado Patricia, la camioneta Ford F 100 se detuvo bruscamente bien en medio de la calle, de ella descendió ágilmente un Capitán joven con un fusil FAL en su mano derecha, corriendo se dirigió a los dos Unimogs que transportaban a la tropa.
         -¡A tierra!-Ordenó gritando.
Los veinte soldados conscriptos bajaron presurosos con sus fusiles al pecho.
         -¡Corten las cuatro esquinas, no entra ni sale nadie!
         -¿Entendido?
         -¡Sí mi capitán!-gritaron al unísono.
         -¡Carrera march soldados!
Y salieron corriendo, el capitán habló por radio:
         -Acá grupo alfa, perímetro asegurado señor.
La policía evacuó a los moradores de las tres casas que rodeaban el objetivo. El equipo de asalto tomó posición en la casa del fondo colocando dos hombres con Ithakas y al frente puso cinco hombres con armamento pesado y fusiles. Una ambulancia esperaba los heridos a dos cuadras del lugar. Otro Capitán vestido con zapatillas, vaquero y campera de cuero, megáfono en mano intimó a la rendición:
         -¡Risso 2596 ríndase, están rodeados!
Dentro de la casa, José, Oficial montonero corrió a sacar las armas escondidas, un FAL, una subametralladora, dos pistolas y un bolso con granadas. Luisa y su pareja, cuya jerarquías eran aspirantes, comenzaron a quemar documentos y mucho dinero de la orga.
         -¡Risso 2596! ¡Salgan con las manos en alto!-repitió la intimación el Capitán.
José abrió una ventana y disparó con el FAL una ráfaga de unos cinco tiros hacia la vereda de enfrente. Luisa disparó tres veces su pistola por la otra ventana y se cubrió. Su pareja, un hombre alto y flaco salió al pasillo lateral y arrojó una granada hacia los efectivos legales.
         -¡Fuego!-gritó el Capitán
La descarga arrancaba pedazos de mampostería del frente de la casa y astillas de las ventanas y de la puerta como si un invisible y gigantesco monstruo mitológico arañara la casa con sus garras. El fuego cruzado se hizo intermitente, disparos, silencio, disparos. Durante uno de los silencios un Oficial de la comisaría octava por iniciativa propia  y audacia e imprudencia cruzó la calle y se introdujo en el pasillo de la casa de calle Risso .El Capitán al advertir la peligrosa actitud ordenó asustado:
         -¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!
Los disparos cesaron de inmediato, el policía pistola en mano pateó la puerta lateral y penetró al living de la casa. Se escucharon gritos, disparos y una gran explosión, seguramente de una granada montonera, luego silencio…
         -¡Pepe! ¡Entrá que estoy herido!-gritó el policía.
Los militares de la vereda de enfrente no podían verlo y constatar que realmente era él quién pedía auxilio y que no se trataba de un ardid de los terroristas.
         -¡Decime como me llamo!-gritó Pepe escondido detrás de un árbol.
         -¡Orlando!-contestó el policía.
Habiendo confirmado que el policía estaba herido y a merced de los guerrilleros urbanos que repelían el ataque, las fuerzas legales se dispusieron a tomar  la casa por asalto. Cuando avanzaron, José y Luisa (el hombre flaco y alto que era su pareja ya había muerto) los recibieron con una lluvia de balas que los hizo retroceder. Entonces un efectivo de la inteligencia militar cruzó la calle con una granada MK 2 en cada mano y con sus espaldas pegadas a la pared de la casa vecina se acercó al la ventana desde dónde disparaba Luisa y las arrojó al interior del escondite montonero. Las dos explosiones conmovieron la construcción y una gran nube de polvo y humo salió por las ventanas, luego sobrevino un silencio total. Recién entonces cuando las fuerzas legales cargaron por el frente y por el fondo, encontraron al Oficial baleado tirado en el piso.
         -¡Ambulancia!-gritó el Capitán mientras arrodillado le sostenía al herido la cabeza levantada. Los tres terroristas habían muerto, dos despedazados por la metralla de las granadas. Cuando los paramédicos cruzaron un puentecito de madera que unía la vereda con la calle, sacando los cuerpos de los guerrilleros muertos en una camilla, un pedazo del cerebro de Luisa cayó en la zanja de agua podrida. Las fuerzas legales salieron a la vereda y gritaron:
         -¡Viva la patria!
Los vecinos agolpados en las esquinas aplaudían y festejaban.
         Emilse estaba en el aula, siete u ocho alumnos también, esperaban los pocos minutos que faltaban para que llegara el titular de la cátedra de Ciencias Políticas. No había sacado su carpeta del bolso, ni siquiera lo había dejado colgando del pupitre como siempre lo hacía, lo tenía con ella. Cuando entró Javier ella se acerco a él y para no hablarle al oído pero también evitar que los demás escuchen puso su cara a diez centímetros de la cara de  él con una sonrisa burlona, invitación descarada al pecado. Antes que ella pudiera hablar, él le dijo.
         -Te voy a dar un beso, acá delante de todos.
         -No me opongo, dale, cagón.-esperó un instante y luego agregó-Nos espera Ramiro en un bar a tres cuadras de acá, hay algo importante.
         -Y bueno, vamos para allá.
Cuando bajaban las escalinatas de la facultad ella le confesó.
         -te cuento que ya nada me une con Ramiro, me refiero a lo sentimental, solamente nos relaciona la orga, en lo demás, terminamos.
         -¿Y ahora qué quiere?
         -No sé está como loco, algo grave pasa.
         -Los cuernos lo llevan loco a ese, estará así porque vos lo dejaste.
         -No es por otra cosa…aunque un poco por eso también. Caminaron hasta un bar de la calle San Martín, entraron y enseguida lo vieron sentado junto a una mesa, al fondo. Se sentaron junto a él y pidieron dos cafés.
         -¿Qué es lo que está pasando?-preguntó rápidamente Javier.
         -Pasa que nos están tumbando todos nuestros soldados acá en Santa Fe, es una caída todos los días, la conducción nacional los repone trayendo otros de otras regionales ¡Y también los tumban!
         -Sucede que nadie resiste la tortura y encima se pasan a las filas del enemigo, estamos infiltrados, muchos de los nuestros son delatores, delatan para salvar la vida de sus hijos, de sus mujeres y la de ellos. Es más, algunos empuñando nuestras propias armas encabezan los allanamientos al frente de la tropa enemiga-fustigó Javier.
         -¿Para qué tienen la pastilla de cianuro? ¿Por qué no la usan?-atacó Ramiro.
         -Primero, porque no te dan tiempo para tragarla, segundo tienen el antídoto y tercero ¿Por qué no se la tragan los que se fugaron a Europa?
         -Está bien, pero yo los cité para recordarles que nuestro Código de Justicia Revolucionaria, cuando habla de la delación en el artículo séptimo, dice que los prisioneros de guerra que entreguen datos al enemigo en el curso de los interrogatorios, aún bajo apremios, serán castigados con el fusilamiento. Si ustedes creen que no van a poder soportar la tortura, acá tienen una cápsula de cianuro para cada uno-estiró la mano y las dejó sobre la mesa, Javier las aferró para que Emilse se quede sin la suya y la puso en el bolsillo del pantalón mientras pensaba:-Como le gustaría a este cornudo que las traguemos.-Piensen que estamos luchando para recuperar la democracia y construir el camino hacia el socialismo-afirmó Ramiro.
         -¿Democracia? ¿Cuándo tuvimos democracia en la Argentina? Que yo sepa hubo oclocracia, monarquía institucional, nepotismo, autoritarismo, cleptocracia, despotismo, autocracia, tiranía ó cesarismo. ¿Existe la democracia pura ó es un ideal? Podemos discutirlo filosófica ó políticamente si querés -protestó Javier.
         -Cuando el pueblo participe y pueda decidir, conducido por nosotros habrá democracia plena-intentó retrucar Ramiro.
         -¡La farsa democrática de la participación popular! A los argentinos nos han hecho creer que poder elegir mediante el voto constituye toda la participación popular que puede otorgarnos el sistema democrático. Entregarle el poder a un hombre fuerte, el presidente, que si su gestión es exitosa será aplaudido y si fracasa será repudiado con protestas masivas, callejeras y violentas. Entonces se lo depone  y se elije a otro que tampoco respeta las leyes ni las instituciones. ¿Qué parecido a una monarquía no? ¿No sería mejor que el pueblo deposite el poder en el sistema jurídico-institucional y éste controle a los gobernantes?-argumentó Javier.
         -Vos tenés la costumbre de cuestionar todo, pero las órdenes están para cumplirlas no para cuestionarlas, si no estás de acuerdo ¿Para qué entraste? Hay que buscar soluciones, no aumentar los problemas-dijo Ramiro con enojo.
         -¡Lindas soluciones nos das vos, el suicidio ó el fusilamiento!
         -Primero están los intereses de la causa, antes que la vida personal y es preferible la cápsula y no la tortura. Así salvamos a nuestros soldados, no permitiendo que los torturen, la tortura es algo abominable, por eso los combatientes populares no torturamos.
         -Mira Ramiro…cuando los perros secuestraron al Teniente Coronel Larrabure en el copamiento de la fábrica militar de Villa María, en Córdoba, lo torturaron bárbaramente. Si los erpios hubieran buscado la recuperación de armamento no hubieran ido a una fábrica química donde había cincuenta fusiles mugrientos. Fueron a buscarlo porque el tipo era un genio como ingeniero químico y querían arrancarle los secretos del misil Cóndor I, sus invenciones; el iniciador, el motor, el propulsante y la carga de trilita.
         -Esos fueron los perros, no nosotros.
         -Nosotros también Ramiro, también nosotros torturamos.
         -Bueno, terminemos la reunión, les aclaro que la opereta moisés sigue vigente y ya falta poco tiempo, ahora me voy. Ramiro no había llegado a la puerta del bar cuando Javier, dirigiéndose a Emilse de dijo:-Supongo que se te habrán aclarado muchas cosas no?
         -Sí, pero lo que no me queda claro es cómo vos sabés más cosas de la orga y de otras que Ramiro, cuando hace muy poco que estás en esto
         -Tengo amigos-fue la respuesta cortante y poco convincente de Javier.
Ella no sólo sospechaba sino que además se lo manifestaba, él afrontaba dos peligros, si descubrían que era de la policía seguramente los guerrilleros lo matarían, pero también podía morir en manos de agentes de la SIDE, federales, provinciales, verdes, grises, azules y de cualquier banda de tarados que salían a cazar zurdos por cuanta propia.
         -Para colmo este pícaro se fue sin pagar el café, salgamos desvió el joven la conversación levantándose de la silla.
         El cortejo de  marcha sigilosa con el reptil enroscado en su madriguera portátil se desplazaba por la avenida Aristóbulo del Valle. El buen sol del mediodía inundaba los negocios con clientes, panaderías, carnicerías, bazares, supermercados, y verdulerías recibían los dineros de principios de mes de los empleados públicos y de los jubilados. El tránsito era importante, ómnibus, autos, camionetas de reparto, motocicletas, bicicletas y algunos carros recolectores de residuos cuyos caballos hábilmente conducidos debían improvisar malabarismos para evitar chocar.
Súbitamente los ojos del áspid dilatan sus pupilas, se revuelve en su cueva, luego se inmoviliza, clava la vista y lanza su ponzoña:
         -¡Allá, esa gordita de campera azul!
         -¿Quién es?-pregunta el conductor.
         -La gorda Silvia, es la compañera de Pedro, de la conducción nacional y adonde vaya ella, allí está él.
         -Bien, atención, la mujer de campera azul que va caminando, no podemos perderla, iniciar seguimiento, sólo seguimiento-ordenó por radio el hombre que viajaba en el asiento del acompañante del Torino a los ocupantes del Falcon y el Renault.
Uno de los agentes comenzó a caminar una cuadra detrás de ella, otro también detrás pero en la vereda de enfrente   y otro media cuadra delante de ella. La mujer, que aparentaba unos treinta años, ignorando que era perseguida caminó una cuadra al Oeste, una cuadra al Sur, otra al Este, una más al Sur, otra al Este y enfiló hacia el Norte.
         -¡Nos esta paseando! O se avivó ó hace contra-seguimiento De manual- explicaba el jefe del grupo especial.
De pronto la mujer se detuvo frente a una vidriera, sacó una llave del bolsillo de su campera, caminó nuevamente hasta una casa modesta  introdujo la llave en la cerradura y entró.
Silvia abrió grandes los ojos cuando vió que Inés y Pedro empuñaban las armas y en el piso del comedor habían prendido fuego a la documentación. Él se había colgado el FAL y con un dedo corría la cortina para mirar  hacia la calle.
         -¡Te siguieron!- dijo el importante montonero miembro de la conducción nacional.
         -Los estamos escuchando- agrego Inés.
Los montoneros habían  interceptado las comunicaciones de los militares utilizando equipo experimental.
Simultáneamente Emilse y Javier llegaban a la esquina de la casa  para asistir a otra reunión preparatoria de la Opereta Moisés.
En esa esquina había una panadería, La Gallega y el aroma que de ella salía hizo que Javier se tentara e ingresara con Emilse para comprar algunas facturas. Tuvieron que esperar su turno, otros clientes habían llegado antes. Justo cuando la gallega sesentona se dirigió a ellos para decirles:
         -¿Qué van a llevar? Entró al negocio una anciana espantada diciendo:
         -¡Coca! ¡Hay unos tipos con escopetas y ametralladoras!
         -¡Eh!- dijo la panadera.
         -Sí, me dijeron que me vaya, que me meta acá, están rodeando la casa de Don Demetrio, esa que alquila la chica que tiene una nena.
Emilse con expresión de alarma miró a Javier a los ojos, fue entonces cuando se escuchó la explosión. La granada arrojada por Inés había volado cruzando la calle y explotado junto a un árbol. Nadie del grupo especial respondió al ataque, parapetados sobre los techos y escondidos detrás de los árboles apuntaban con sus armas.
Alguien gritó:
         -¡Ejército Argentino! ¡Saquen la criatura!
Sobrevino el silencio, instantes después se abrió la puerta de entrada y apareció Silvia con una nena asida de las axilas.
Caminó dos pasos mirando hacia la vereda de enfrente donde se atrincheraba el enemigo, petrificada, vacilaba, la elección no era menor ¿Vivir o morir? ¿Salir corriendo con la nena y entregarse al enemigo ó soltarla o volverla a casa?
Semioculto detrás de la puerta entreabierta, Daniel, apuntándole con el FAL, le dijo en voz baja:
         -Entrá o te mato.
Entonces ella soltó a la hija de ambos y entró, nunca había habido tal elección. Un militar vestido de civil apoyó su escopeta y su pistola en el piso y se acercó lentamente hacia la niña con las manos en alto. Al agacharse para alzar a la criatura desde adentro de la casa le dispararon fracasando, el proyectil se perdió en el aire, alzó rápidamente a la nena y salió corriendo.
         -¡Hijos de putas! ¡Abran fuego!- ordenó el Capitán, y se desató un tiroteo infernal.
Patrulleros de la policía habían cortado el tránsito en las dos bocacalles de esa cuadra. Luego los disparos se hicieron  intermitentes hasta que una granada perforante disparada desde el trombón de un FAL rompió la pared del frente de la casa, explotando en su interior. Durante unos minutos hubo silencio y humo, luego se escucho la orden vociferada:
         -¡Vamos a entrar! ¡Ahora!
Cuando los legales ingresaron con aparatosa cautela a la vivienda las dos mujeres y el hombre yacían muertos en el piso.
La garrafa de la cocina perforada por un proyectil despedía una lengua de fuego de 50 centímetros, cañerías también perforadas por los disparos soltaban chorros de agua salpicando los cadáveres. Fuego, sangre,  humo, y escombros pintaban el paisaje  final de la batalla. En una pared, la madre de la nena había escrito con su dedo como pincel y su sangre como tinta Abuelos y al lado un número telefónico.
Todo había terminado, los clientes de la panadería salieron a la vereda y con ellos Emilse y Javier, ella temblaba tomada de la mano transpirada de él.
Emilse nunca había presenciado un combate, ni sabía de muertos despedazados, del tronar de las armas, del olor a pólvora, de los gritos desesperados, de las corridas frenéticas, de las últimas palabras, quedó estupefacta en pie, apoyada de un hombro contra la pared, muda, con la boca entreabierta, y los brazos colgando. La guerrilla no regalaba muertes románticas, eran muertes atroces, los combates no eran combates, era estúpidos suicidios. Ella no estaba militarmente preparada para eso, ni siquiera podía reaccionar, estaba paralizada.
Javier apretó el brazo de ella con tanta fuerza que le produjo dolor, tuvo que tironearla para sacarla del medio del grupo de vecinos curiosos que comentaban lo ocurrido y arriesgaban conjeturas absurdas. Ella no caminaba, arrastraba los pies. Al cruzar la calle él la abrazó, debían pasar desapercibidos entre las tropas que seguían llegando en camiones color verde oliva. Por un minuto no habían muerto, por un minuto sus cuerpos no estaban ahora tirados en la macabra fila de la vereda. Ninguno podía articular una palabra, las bestiales escenas no anulaban el habla, pero cualquier comentario era estéril. Javier supo que ya no podían volver a la facultad, ni a sus hogares, ni a la casa de calle Río de Janeiro, ni siquiera caminar por Santa Fe, que ya no sería cordial para ellos. Al llegar a la avenida decidió que el chalet de Juan Lucas era un buen escondite, hizo señas a un micro y rumbearon hacia el barrio Guadalupe. El sabía que Juan Lucas escondía la llave de la puerta del chalet debajo de una baldosa floja en la cochera.
Se sentaron en los sillones individuales enfrentados, él se levantó y se dirigió a la cocina, preparó café abundante y regresó al living con dos tazas humeantes y un Parisiennes entre los dedos. De pronto dejó su pasividad para hablar con palabras categóricas, inflexibles, no preguntaba ni sugería, ordenaba como un padre autoritario:
         -¡Tenés que desaparecer, irte, ya!-cayeron tres grupos, sólo les falta llegar al nuestro, es cuestión de horas nada más, tu vida corre un gran peligro.
         -Eso ahora lo entiendo, pero… ¿y vos? ¿qué vas a hacer?
         -A mí no me va a pasar nada, yo me arreglo
         -Dejá de decir boludeces, te van a matar también a vos.
         -¡Te digo que no!
         -¡Ah, bueno! ¿Podés darme una explicación racional?
         -Soy Oficial de la Inteligencia Federal.
         -¿Te parece momento para bromas?
         -Es en serio, no es broma, es la verdad.
-¡¡¡Qué!!! ¿Me estás diciendo que todo este tiempo me engañaste? ¡Decime que no es verdad!
         -Es la verdad.
         -Fui una boluda… ¡Qué boluda!... ¡Qué boluuuuda!-dijo ella desconsolada con los ojos inundados de lágrimas.
         -No mi amor-dijo tomándole la cara con las manos, en mi trabajo del cual me están por expulsar, nadie sabe que estoy en esto con ustedes, pero tampoco puedo continuar; se terminó para mí y para vos. Entré sólo para sacarte, siempre te protegí y ahora te voy a sacar.
La besó repetidamente en la boca y sintió el gusto salado de sus lágrimas, ella lo abrazó rodeándole el cuello con sus brazos. Él la llevó de la mano hasta el dormitorio, un rato después se amaron. ¿Cuánto tiempo habían dormido agotados por la tensión nerviosa? ¿Una hora, un día, un siglo? Dos horas después ella dormía abrazada a él en los asientos reclinados de un ómnibus con destino a Córdoba.
El tío de Javier se llamaba Oscar y vivía con su esposa Adelina en un club en el medio de la nada, allí fueron a esconderse.
Colonia Santa Rosa se llamaba el paraje que no figuraba en los mapas, enclavado en el límite de las provincias de Córdoba y Santa Fe, varios kilómetros al Sur de la inmensa laguna Mar Chiquita. El relieve era la clásica llanura pampeana con campos sembrados de lino, soja, trigo y sorgo, salpicados por tambos y criaderos de cerdos y cabritos.
En verano, por las siestas, las iguanas salían de sus cuevas bajo el sol abrasante y de noche los zorros merodeaban los gallineros. El eje social de la colonia era el club que ocupaba la ochava noroeste de un campo, el vecino más próximo distanciaba a un kilómetro. Frente al club y cruzando un camino de tierra que lo unía a once kilómetros con el pueblo más cercano estaba la escuela primaria. Esta contaba con un jardín florido adelante y un eucaliptal cuyas hojas movidas por el viento acompañaban con su música el canto de las torcazas. El la otra ochava descansaba una iglesia bizantina, normalmente cerrada que Adelina abría cuando había que bautizar algún niño y venía un cura del pueblo. Detrás de ella emergía una cremería donde diez años atrás una caravana de chatas llegaban de madrugada para vender sus tachos con leche recién ordeñada, que de allí era transportada en camiones tanque a la ciudad. Parte de ella se reservaba para la elaboración de quesos, crema y manteca que eran el orgullo de Santa Rosa; con el suero sobrante alimentaban a los chanchos.
Los lugareños eran descendientes europeos especialmente italianos y suizos-franceses, muchos aún se arraigaban a sus dialectos, tranquilos y muy trabajadores a diferencia del argentino urbano discriminador, conflictivo, especulador, insatisfecho, petulante y exitista.
A sus parientes se la presentó como su novia ¿lo era? Al día siguiente de su llegada, casi al mediodía salieron a caminar por un sendero cubierto de gramilla a cuyos lados tipas y paraísos de hojas escasas y amarillas albergaban gorriones, caseros y tacuaras.
         -Estuve pensando, tengo un tío en Uruguay, podría irme para allá, es macanudo y aunque le diga la verdad se puede confiar en él –facilitó las cosas a ella-.
         -Está bien, pero antes tenés que hablar con tus padres y decirles la verdad, no le cuentas a dónde vas pero tranquilizalos contándole que estás bien.
         -Sí, hoy los voy a llamar por teléfono.
         -Mañana viajo a buscarte los documentos en blanco y los sellos que me guardé, así cambiamos tu identidad. Avisale a tus viejos que me preparen un bolso ó dos con tus ropas, paso a buscarlos por tu casa.
Caminaban uno junto a otro, de pronto ella giró y se paró frente a él para decirle en tono de ruego:-quiero que vayamos juntos, si entraste al infierno sólo para salvarme fue porque para vos significo algo, algo importante en tu vida… contestáme… por favor.
         -Tu tío no va a mantener a dos personas.
         -Le voy a pedir plata a mis viejos, allá podemos trabajar…
         -Primero tengo que ponerte a salvo, después, y para eso debo quedarme, arreglar tu situación para que puedas volver, esto va a llevar tiempo. No te olvides que la orga te va a condenar a muerte por deserción y los otros también te buscan. ¿Entendés ahora?
         -No, porque si desaparezco nadie me va a encontrar.
         -Estás equivocada, los dos tienen bases en varios países y muchos soldados y colaboradores, te encuentran igual.
Ella permaneció en silencio.
Javier regresó a Santa Rosa dos días después con dos bolsos con ropa, dinero, una carta de los padres, un documento nacional y un pasaporte argentino con la fotografía de Emilse y todos los datos de la identidad que eran los verdaderos de Griselda. Se tomaron dos días de descanso mental, dieron de comer a los chanchos, cabalgaron, arreglaron la huerta, alimentaron a las gallinas y sembraron calabazas como en una luna de miel, entre ellos sólo hubo risas, ternuras y arrumacos. Con el viaje de regreso retornaron los miedos, no fue fácil pasar por Santa Fe sin recordar, una vez en Paraná, el largo trayecto hasta Colón. Allí ascendieron a un ómnibus local que cruzó el puente internacional hasta Paysandú, en la República Oriental del Uruguay. Desde la aduana fueron a un bar, compartieron sándwiches y cervezas, la última vez que se vieron fue antes de que ella suba al ómnibus rumbo a Montevideo, antes hubo un abrazo interminable y lágrimas.
Pasaron casi tres años, la guerra terminó, Javier es un  separado más, su casamiento con la turca no funcionó, tuvieron una hija, Delfina, que ahora vive con la madre. Con Emilse habían acordado con que ella le escribiría, nunca lo hizo, él supuso que había encontrado pareja, olvidado los horrores del pasado y recompuesto su vida. Los domingos él iba a almorzar a la casa de sus padres el tiempo había reparado  en algo las relaciones familiares, lo hacía con su hijita. Ese domingo la madre  le entregó una carta a Javier,  miró el remitente, antes de abrirla, no conocía la persona que la enviaba. Cuando la leyó quedó pálido, era de Emilse  y quería verlo en Montevideo para algo sumamente importante y le enviaba una dirección. Nunca dudó de ir al encuentro y allá fue. Cuando enfrentó la vivienda en el domicilio señalado oprimió el timbre y ella apareció sonriente, se saludaron con un abrazo sostenido luego pasaron a la sala de estar.
         -Contame de tu vida-dijo ella
         -Han pasado cosas…
         -¿Nadie te molestó? ¿Tuviste problemas?
         -Me enteré por mis contactos que la inteligencia santafesina no me tumbó porque creyó que era un infiltrado. De vos pensaron que sencillamente te esfumaste.
En ese instante entró a la sala un niño, tendría unos tres años, ella dijo estirando la mano y parándolo frente a él le dijo:
         -Javiercito… éste es tu papá.
El niño no dijo nada, sólo lo miró con curiosidad, el padre tampoco pudo decir nada, boquiabierto miraba a la madre y al niño que ahora se daba cuenta que era muy parecido a él, demasiado parecido.
         -Los dejo un ratito solos-dijo ella levantándose del sillón.
Quedaron solos unos momentos, sólo Javier hablaba, el niño respondía si ó no, nada más. Luego ella regresó siempre sonriente, él estaba con el niño en su regazo.
         -Tenías que haberme avisado hace tres años-dijo Javier.
         -No quise agregarte otra preocupación: ¿Estás casado?
         -Separado
         -¡La pucha que sos rápido!
         -¿Y ahora como sigue la película?
         -La tuya no sé, la mía en Europa, por eso te llamé para decirte que la semana que viene me voy, y, como es probable que nunca más nos veamos, quería que conocieras a Javiercito, igualmente te voy a escribir y a mandarte fotos. Y cumplió, todos los años enviaba la carta con fotos del cumpleaños de Javiercito, hasta la última, del casamiento con una francesista.
 La Argentina ha festejado su bicentenario, treinta y tantos años han pasado de aquella guerra demencial, el país ha crecido, la cantidad de pobres también, finalmente la orga logró su objetivo. Los ideales, las armas y los ingenuos quedaron sepultados, convenientemente tapados por el polvo de la historia.
         La comitiva se acerca a la prisión lentamente, la lluvia es torrencial, en el patrullero viajan cuatro hombres y ninguno habla, tres visten uniformes policiales, en la camioneta ocho efectivos con uniformes de combate camuflado y armas largas. Un guardia cárcel empuja un pesado portón para que ingrese el séquito, arriba de las alambradas, en las garitas, guardias con fusiles observan curiosos. Un policía ayuda a bajar del patrullero a un hombre de unos cincuenta años o un poco más, otro abre el baúl y saca un bolso. El sujeto está esposado, no mira ni saluda a nadie, tiene el mentón casi rozando el pecho y la vista clavada en el piso, camina muy despacio rodeado por los once policías. Ya en el interior del centenario edificio lo introducen en una oficina, lo recibe un Alcaide del servicio penitenciario con un expediente en sus manos, lo lee en voz alta:-Juzgado Federal de Santa Fe, procesado por la desaparición (homicidio) de Emilse Reinz, hecho ocurrido en el año 1.978.-el preso sonrió.
El guardia cárcel levanta la vista y dirigiéndose al reo dice:-Javier Rotter, a partir de ahora será llamado por su número: 3749. Llévenlo a su celda.
                                                  FIN                                            


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